D. Juan Carlos I había llegado a ser rey a partir de las leyes de Franco y su deseo era
establecer una democracia sin que estallara una nueva guerra civil. Esto no era fácil porque,
a pesar de haber mantenido contactos directos o indirectos con los entonces ilegales
partidos políticos de oposición, éstos no confiaban en él. Tampoco los propios seguidores de
Franco lo hacían e, incluso, estaba el problema de su no legitimidad dinástica ya que ésta
pertenecía a su padre D. Juan, Conde de Barcelona, exiliado en Estoril (Portugal).
Su primer gobierno lo preside Carlos Arias Navarro heredado del último gobierno de Franco.
Arias acepta nombrar como ministros a algunas personas que habían manifestado su
posición favorable a una mayor reforma del régimen, caso de Fraga, ministro de la
gobernación, o de Areilza, ministro de asuntos exteriores. Con éstos y otros intentó
pequeñas reformas, traducidas en un primer indulto a presos políticos o la legalización de
algunos partidos (excluyendo a los nacionalistas y los comunistas) que permitían un lavado
de cara y no una transformación auténtica del franquismo algo que no aceptaba la
oposición por entonces agrupada en un organismo unitario, Convergencia democrática, que
propugnaba la “ruptura democrática”, es decir, el final del régimen con el reconocimiento de
todos los partidos y sindicatos así como una amplia amnistía y elecciones generales.
El encastillamiento de Arias y la mayor influencia de los grupos opositores cuyas huelgas y
protestas se extendieron por todo el país hicieron que el Rey viera necesario forzar la
dimisión de su primer ministro y su cambio por Adolfo Suárez, nombramiento que en un
principio causó una enorme sorpresa ya que éste era el ministro del movimiento, es decir el
del partido único heredado del franquismo.
Sin embargo éste, apoyado decisivamente en la presidencia de las Cortes y del Consejo del
Reino por otro franquista de larga trayectoria, Torcuato Fernández Miranda, conseguiría una
transición democrática basada en una reforma desde dentro del sistema.
Para ello elaboran una Ley para la Reforma Política que estableció un futuro de partidos
legales, cortes bicamerales y elecciones por sufragio universal que consiguieron hacer
aprobar en las Cortes a pesar del origen franquista de éstas que procedieron a su “suicidio
político” pues haciendo aquello sabían que muchos de ellos nunca volverían a ser elegidos.
Se procedió a una muy amplia amnistía, que incluía a presos de ETA con delitos de sangre, y
a legalizar algunos signos del nacionalismo tradicional como la ikurriña vasca o la Diada (día
nacional) catalana.
A la hora de reconocer los distintos partidos hubo bastantes problemas con el PCE
especialmente mal visto en los sectores militares por su papel en la Guerra Civil española y la
posterior oposición al régimen franquista. A pesar de ello, y por sorpresa, éste fue legalizado
en la Semana Santa de 1977 es decir pocos meses antes de las primeras elecciones democráticas celebradas el 15 de junio de ese año en un ambiente claramente legítimo, el
padre del Rey había cedido también a éste sus derechos históricos a la Corona, y
democrático.
El nuevo partido fundado por Suárez, la UCD (Unión de Centro Democrático, un
conglomerado de pequeños partidos liberales, demócrata cristianos y azules (procedentes
del antiguo movimiento) ganó las elecciones aunque debido al crecimiento del PSOE no
consiguió mayoría absoluta lo que hizo necesario un consenso para elaborar la nueva
Constitución.
Al mismo tiempo que se hacía esto se restauraron los organismos pre-autonómicos para
Cataluña, dirigido por el antiguo Presidente de la Generalidad Josep Tarradellas, y el P.
Vasco. La Constitución sería finalmente aprobada en octubre del 78 y posteriormente
validada en un referéndum celebrado en diciembre del mismo año.
Tras las elecciones del 15 de junio de 1977 los grupos políticos representados en el
Congreso designaron a 7 personas que se constituyeron en ponencia con el fin de redactar
un primer texto como proyecto de Constitución. Los siete miembros de la ponencia
representaban proporcionalmente a los diputados con escaño parlamentario: 3 de la UCD
(Gabriel Cisneros, Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón y José Pedro Pérez Llorca), uno del
PSOE (Gregorio Peces-Barba), uno del PCE (Jordi Solé Tura), uno de Alianza Popular
(Manuel Fraga) y uno en representación de las minorías vascas y catalana. El PSOE habría
tenido derecho a un diputado más pero renunció a él para dar cabida a otro diputado de otra
corriente.
La Constitución se redactó y pasó por el Congreso y el Senado entre enero de 1978 y
diciembre del mismo año fecha en la que se publicó en el BOE después de ser aprobada en
referéndum por los ciudadanos salvo en el País Vasco donde lo hizo en minoría debido a la
presión ejercida por el PNV que no estaba de acuerdo en que Navarra se constituyera en
territorio independiente y se exigiera un referéndum (disposición transitoria cuarta) para dicha
incorporación.
La palabra clave que marcó la elaboración del texto fue la de consenso redactándose varios
artículos con una deliberada ambigüedad que permitiera interpretaciones dispares
aplazándose las discusiones más conflictivas para el futuro. Así pasó en el caso de la
educación, el aborto o la intervención del estado en la Economía. A pesar de ello del
consenso se rompería al tratar algunos de estos temas como el relativo a la educación (que
contenía una alusión a la formación religiosa) donde el representante del PSOE abandonaría
la ponencia. Otros incidentes menores y algún punto muerto al que llegaron otros temas
fueron solucionados por la acción conjunta de Fernando Abril Martorell (UCD) y Alfonso
Guerra (PSOE), los números dos de sus partidos en esos momentos, que contribuyeron al
citado consenso aunque esto no ocurriera sin que los partidos menores protestaran por
entender que se les marginaba a ellos de debates importantes.
Retoma la tradición liberal del s. XIX y la republicana de 1931 interrumpida con la España de
Franco a las que se unen distintos aportes procedentes de otros textos europeos
contemporáneos.
Su capítulo más extenso es el referido a los derechos y deberes fundamentales algo que
refleja el espíritu del momento en que se hizo, es decir la salida de una dictadura. Entre otros
se recogen artículos que establecían la abolición de la pena de muerte, salvo en caso de
guerra, la condena de la tortura, el reconocimiento a la objeción de conciencia y la
aconfesionalidad del Estado por más que se dé un cierto trato especial a la religión católica,
la mayoritaria en el país.
Hay también varios artículos relativos a garantías jurídicas como la obligatoriedad de la
presencia del abogado y la de comunicar al preso las razones de su detención y los
derechos que posee. Se reconoce, además, el derecho a no declarar cuando el testimonio
perjudica a uno mismo o la presunción de inocencia, derechos todos ellos sólo limitados en
casos excepcionales como los de excepción, sitio, o guerra.
La parte final de este título se refiere a derechos colectivos que intentaban sentar las bases
de una dirección correcta de cualquier política gubernamental: enseñanza (gratuita y
obligatoria), salud, vivienda, ocio, etc. También aquí se reconocen dos derechos largamente
perseguidos en el país: el derecho a sindicarse libremente (aunque con limitaciones para
funcionarios y miembros del ejército y la policía) y el derecho a la huelga. Finalmente hay una
alusión al derecho a la propiedad matizado por la posibilidad de la expropiación cuando ésta
sea de “utilidad política o interés social”.
Los poderes concedidos a la Corona son más bien escasos ya que casi siempre aparecen
limitados a lo que decidan Cortes o gobierno con la excepción del mando supremo de las
Fuerzas Armadas atribuido al Rey. Mucha mayor trascendencia es el peso de las Cortes,
bicamerales (Congreso de los Diputados y Senado) y elegidas por sufragio universal, libre y
secreto. La Constitución además, regula los trámites básicos para la elaboración de las
leyes tanto de aquellas producidas por el legislativo como de las procedentes del ejecutivo,
vía decreto-ley, o incluso del referéndum limitado por la necesidad de un importante número
de firmas (500.000) y por no ser vinculante en relación con ciertos temas.
El poder ejecutivo reside en el gobierno del que se especifican las posibles
incompatibilidades de sus miembros así como el mecanismo para su elección o cese
(moción de censura). El poder judicial reside, a su vez, en los tribunales de justicia
controlados por un organismo superior, el Consejo General del poder Judicial. Sobre este
poder destacan cuestiones como su gratuidad para aquellos que no posean dinero, la
obligatoria publicidad de sus actos o la oralidad, insistiendo en que los juicios deben ser
siempre públicos o ante testigos.
El origen de las autonomías es el título VIII a la vez el más novedoso y el más conflictivo
(incluso en la actualidad). Se refiere a la organización del estado y contempla la posibilidad
de que las distintas provincias se constituyan en Comunidades Autónomas cuyas
competencias, y las del estado central, son profusa y extensamente descritas lo que no ha impedido conflictos importantes en temas relacionados con las diferentes policías
autónomas, los temas de financiación, los relativos a la Seguridad Social y lo s educativos.
Estableció así mismo una doble vía de acceso a la autonomía, la del artículo 143, vía lenta, y
la del 151 o vía rápida establecida en principio para las tres autonomías que ya habían tenido
estatuto, Cataluña, Euskadi y Galicia a las que se uniría Andalucía tras el proceso iniciado en
el 1979 cuando el 97% de los ayuntamientos andaluces pidan la autonomía. Además estas
autonomías tendrían antes mayores competencias aunque no se excluía que al final del
proceso las restantes hubieran alcanzado su mismo techo.
La razón que motiva esta dualidad es, al margen de consideraciones históricas, la necesidad
de UCD tras las elecciones de junio del 1977 de apoyos parlamentarios que los partidos
nacionalistas vasco y catalán le prestarán. En el caso vasco se pensaba, además, que la
aprobación del estatuto desactivaría el terrorismo, algo logrado a medias ya que si bien se
disolvieron los “polis-milis” de ETA, la rama militar siguió funcionando.
Además se restablece la Generalitat catalana en octubre del 79 (hecho en el que la labor de
mediación del presidente exiliado Tarradelllas tiene gran participación) y se crea el Consejo
general del P. Vasco en diciembre de ese mismo año. Los estatutos respectivos se
aprobarían en el 79 añadiéndose a ellos el gallego en el 80.
En general se puede decir que la Constitución quedó como un modelo más próximo al
federalismo, sin serlo, que a al tradicional centralismo. Las diferencias entre los gobiernos
centrales y autonómicos marcan buena parte de la actividad política española con
momentos tan importantes como la LOAPA (Ley Orgánica de Armonización del Proceso
Autonómico) que intentó encauzar con mayor lentitud el proceso, tras el golpe de estado del
23 de febrero de 1981,aunque luego quedaría como una ley sin aplicación.
En el trayecto de estas autonomías destaca la evolución de la Comunidad Autónoma Vasca
donde por dos veces la tendencia soberanista del PNV, el partido mayoritario del gobierno,
ha intentado conseguir un referéndum en el que los vascos expresaran su conformidad o no
a seguir unidos con España.
Este proyecto, en el que se ha involucrado personalmente el lehendakari Juan José Ibarretxe
ha encontrado el freno de las Cortes Generales que no han dado su autorización a la
celebración del mismo tal y como la ley preveía y está aparcado por el relevo en la
orientación del gobierno por el pacto PP-PSOE es decir la unión del mundo
constitucionalista de Euskadi.
Fuera de este caso extremo otras autonomías han iniciado un proceso de renovación de sus
estatutos al cumplirse 25 años de su vigencia caso del País valenciano, Andalu cía o
Cataluña. Este último es el que ha despertado mayor conflictividad al estimarse que la
reforma hecha por la cámara catalana ofrecía un resultado de máximos por lo que los
partidos de las Cortes españolas rebajaron considerablemente sus expectativas lo que no
impidió la aprobación del mismo en un referéndum, eso sí, con poca participación.
Hoy en día el Estatut sigue en el centro, junto con las cuestiones de financiación, de la
discusión política autonómica, al llevar 3 años en el Tribunal Constitucional un recurso
presentado por el PP sobre su legalidad. Algunas filtraciones de prensa hablan de problemas
sobre cuestiones relativas a la soberanía o la obligatoriedad del conocimiento del catalán
como puntos más discutidos.
lunes, 12 de abril de 2010
15.3. Elementos de cambio en la etapa final del franquismo. La oposición al régimen. Evolución de las mentalidades. La cultura.
El desarrollo económico de los años 60 transformó una país que tenía rasgos que le
acercaban a una estado latinoamericano a otro más próximo a los europeos si bien siempre a la zaga de los más desarrollados. Cambio económico que traería transformaciones sociales
que repercutirían en la evolución política.
Entre aquellas destaca el comportamiento demográfico. En la mortalidad desde los años 50
y en la natalidad en años posteriores entre otras cosas por la generalización de matrimonio
más tardíos.
Otros cambios se relacionan con las migraciones interiores. Cuatro millones de personas
cambiaron sus domicilios con la esperanza de encontrar lugares con mejores recursos
económicos y posibilidades de desarrollo: se produce el traslado de jornaleros y, en general,
campesinos hacia los núcleos urbanos, es decir hacia formas de vida diferentes, más libres y
con mayores posibilidades de promoción personal.
Geográficamente hablando tenemos una redistribución de población hacia la periferia, P.
Vasco y Cataluña, y hacia zonas interiores como Madrid o el eje del Ebro. Los cambios
acontecidos a estos emigrantes son además de espaciales y de hábitat, ocupacionales
expandiéndose el sector servicios y el industrial (40 y 38 % cercana ya la muerte de Franco) y
decayendo el agrícola.
Además se produjo la mayor incorporación de la mujer al trabajo (aunque lejos aún de las
cifras europeas) y una expresión muy fuerte de ese deseo de mejoras como se deduce de la
importancia del pluriempleo o lo corriente de jornadas superiores a 10 horas diarias. La
mejora económica traería un fuerte aumento de la renta “per cápita” y de los salarios reales
reflejado éste en el despegue del consumo: automóviles, teléfonos, consumo de carne,
televisiones, frigoríficos, lavadoras se generalizan de tal manera que en el momento de morir
Franco rondaban el 80% de la población, constituyendo los bienes de una importante clase
media más o menos acomodada, clave en lo que vendría después.
Sobre este panorama de desarrollo y esfuerzo cayó la crisis de 1973, la primera gran crisis
relacionada con el aumento súbito de los precios del petróleo que repercutió muy
negativamente en la balanza de pagos debido a la gran dependencia energética exterior y
que además frenó la expansión económica internacional de la que tanto dependía España
que perdió de repente inversores de capital extranjero, ingresos del turismo exterior y
remesas de emigrantes que tanto habían hecho por nuestro desarrollo anterior.
Así aumentó de forma notable el paro y la inflación con lo que esto supuso de pérdida de
nivel de vida. Vuelven los emigrantes de Europa agravando aún más esta situación que
estaría activa hasta mediados de los 80 (en 1979 hay una nueva crisis de precios petrolífera)
es decir que influyó de lleno en la transición democrática al destruir la ecuación Régimen/
progreso justo en el momento de la desaparición del dictador, algo que sin duda contribuiría
notablemente a la recepción de la democracia como una nueva solución, deseada por otra
parte, a los problemas económicos del país: los últimos años de Franco se viven entre
cierres de fábricas, manifestaciones laborales (a menudo politizadas mostrando la
concordancia de la democracia con las mejoras económicas) y un aumento espectacular de
las cifras del paro.
Cambios sociales y mala situación económica son dos patas de una mesa a la que le faltan
los movimientos políticos para describir la situación del país en 1975, Los de la oposición se
citan en sitio distinto pero los breves y cortos intentos del régimen por cambiar las
estructuras del poder se verán aquí.
En todos los años 60 funciona el binomio inmovilismo político/desarrollo económico con la
sola excepción de la Ley Fraga que eliminaba la censura previa pero no las multas,
suspensiones y cierres de periódicos como le ocurrió al desaparecido Madrid.
Mucho más tarde hay que hablar del denominado espíritu del 12 de febrero, un intento del
presidente Arias Navarro por abrir algo el país tras la muerte de Carrero Blanco: asociaciones
políticas limitadas por los Principios del Movimiento (al frente de la más importante la UDPE
estaría Adolfo Suárez un personaje clave de la transición), promesa de leyes municipales que
permitiesen la elección de alcalde y diputaciones provinciales, reformas sindicales que no
iban más allá de un formalismo con poco contenido real. La prueba de lo corto del esfuerzo
es la dimisión, hecho insólito en el Franquismo, de dos ministros “aperturistas” del propio
gobierno nombrado por Arias Navarro (Barrera de Irimo el importante ministro de Hacienda y
Pío Cabanillas). Aun así los sectores más conservadores protestaron contras las reformas y
comenzó a hablarse del búnker, es decir de aquellos dispuestos a mantener el estátus
político existente más allá incluso de la propia muerte de Franco.
La oposición al régimen, aunque nunca tuvo una incidencia mayoritaria en el conjunto de la
sociedad española, no dejó de manifestarse a lo largo de todo el periodo franquista. Durante
los años posteriores a la II Guerra Mundial, el PCE intentará provocar el fin del régimen
mediante la actuación de una guerrilla armada, el maquis, cuya incidencia en el conjunto de
la población fue muy escasa, siendo desarticulada por la guardia civil. En la década de los
cincuenta, se producirán esporádicos episodios de oposición estudiantil y de huelgas
obreras que pondrán de manifiesto la incomodidad de determinados sectores sociales con el
régimen, aunque apenas alterarán la estabilidad del mismo.
Con el desarrollo económico se multiplicó la actividad de la oposición. Las tendencias de
ésta eran variadas. Por una parte, la oposición democrática, formada por monárquicos,
liberales y democristianos, que en 1962 denunció desde Munich el carácter antidemocrático
del régimen, que presentó la reunión como un contubernio masónico antiespañol. Por otra,
la principal oposición comunista, que cristalizó en su entorno a la mayor parte de la
resistencia interior al franquismo. Sus ámbitos de actuación preferentes fueron la universidad
–cuya actividad opositora no decreció hasta la muerte de Franco, y donde se alcanzó la
mayor tensión en 1965, cuando el régimen reaccionó expulsando de las cátedras a
numerosos profesores que apoyaron las movilizaciones estudiantiles– y el mundo laboral –
donde se observa un progresiva politización desde 1967, convocándose huelgas políticas.
La creación de las comisiones obreras, sindicatos clandestinos, sirvió de plataforma a la
actividad comunista contra el régimen en el ámbito laboral. Esta oposición fue más evidente
en Barcelona, País Vasco, Asturias o Madrid–.
También los movimientos nacionalistas actuaron contra el régimen. Especial importancia fue
la aparición del movimiento terrorista ETA, en sus dos ramas –militar y político-militar–, que
desde finales de los años 60 actuaría contra las fuerzas de seguridad del Estado. El proceso
de Burgos, en 1970, donde se juzgó y condenó a muerte a seis terroristas de ETA, fue un
éxito propagandístico de la banda, que logró el indulto de sus miembros como consecuencia
de las movilizaciones contra el juicio tanto en el interior como en el exterior del país.
También en los últimos años del franquismo, perdió el régimen el apoyo de uno de sus
pilares, la Iglesia católica que se convierte en oposición algo de lo que hablaremos ahora al
hablar de la evolución de las mentalidades.
Todo este marco económico, social y político se vio ayudado en los acontecimientos de la
transición por los cambios de las mentalidades. Uno de estos tiene que ver, según Javier
Tusell, con la evolución del catolicismo en España
Este papel de la religión como motor de cambio en lo político tiene que ver en nuestro país
con la recepción del Concilio Vaticano II: dado el poder social de la Iglesia en los años 50
difícilmente otra institución podía haber desempeñado un papel semejante.
En efecto el nacional-catolicismo de la posguerra más que una forma teológica fue la
mentalidad que mejor encajó con los ganadores de la guerra Civil: estrechamente vinculada
al estado e “insaciable” en el sentido de que el catolicismo español era el más puro y que
todas sus manifestaciones debían ser particularmente ortodoxas.
Además el catolicismo de posguerra era sincero y tuvo entre otras manifestaciones una
intensa movilización a través de las asociaciones de apostolado pero también en relación
con las Hermandades Obreras de Acción Católica o con la Juventud Obrera Católica que ya
en los años 40 chocaba con las entidades sociales oficiales.
Este fenómeno se prosigue en los años 50 con una autocrítica social en general en círculos
intelectuales que tienen como ejemplo las conversaciones de San Sebastián y Gredos a las
que aparecen asociados intelectuales como Aranguren, Marías o Pedro Laín Entralgo
anticipando lo que sería el impacto del Concilio Vaticano II con una crítica al catolicismo
como forma parapolítica al proporcionarle al Régimen cuadros a través de una de sus
familias más destacadas.
El Concilio Vaticano II es el que da significado a estas posturas a pesar de la escasa
participación española en el mismo, un 5% de los padres conciliares que no actuó además
coordinadamente ,y que en general se identificó con la línea más retardataria por ejemplo en
cuestiones de libertad religiosa, algo inadmisible para algún obispo y que se tradujo en las
malas condiciones de las iglesias protestantes: problemas con las versiones de sus biblias,
ceremonias no públicas, lugares de culto sin rótulos, etc. situación que se modificaría en
1967 con una Ley de Libertad Religiosa que paliaba algo la situación.
Hay que decir que esto no debe extrañar pues en 1966 2/3 de los obispos tenían más de 60
años y sólo tres eran menores de 45. La inmensa mayoría procedían del mundo rural y
habían sido ordenados antes de la Guerra Civil. Frente a esto en el período 1965-71 se
nombraron 42 obispos nuevos y muchos más auxiliares por las disparidades entre
autoridades eclesiásticas y civiles. Este cambio en la jerarquía por una generación más joven
y con una mentalidad nueva hizo que cambiara el sentido de sus enseñanzas algo en lo que
la propia Roma y el propio pontífice Pablo VI, tuvieron que ver desde el primer momento
insistiendo en la importancia de la justicia social en la doctrina de la Iglesia. Igualmente algo
se movía en España cuando en 1971 una asamblea de obispos y sacerdotes
se mostraba partidario de pedir perdón por no haber sido instrumento de reconciliación entre
los españoles.
O cuando en 1972 un documento de la Conferencia Episcopal insistía en la transformación
de las estructuras sociales, en la falta de libertad o la incompatibilidad de la fe con un
sistema que no busque la libertad, la igualdad y la participación. Es difícil exagerar el papel
de la Iglesia que, junto con la prensa, hizo un papel mayor que el de cualquier institución
social para la recuperación de la España real.
El Régimen, por su parte, reaccionó de una manera peculiar ante este nuevo frente que se le
abría con las transformaciones eclesiásticas intentado mantener el nacional-catolicismo
nombrando a algunos obispos Consejeros del Reino o Procuradores en Cortes o
prometiéndola todo lo que quisiera siempre que fuera nuestro principal apoyo en palabras del
almirante Carrero al cardenal Tarancón.
El desligamiento ya se había producido y sin marcha atrás empezando en aquellas regiones
donde históricamente el catolicismo había tenido un talante más avanzado como es el caso
de los sacerdotes vascos y catalanes. Además a mediados de los 60 ya era corriente
encontrarse en la prensa noticias de suspensión de reuniones de tipo religioso, registros o,
en último extremo de encarcelamientos en la cárcel exclusiva de Zamora.
La intercesión por los condenados en el proceso de Burgos o el intento de expulsión de
España del arzobispo Añoveros son los dos momentos más álgidos de este desacuerdo. La
iglesia católica había realizado su transición superadora de la guerra civil antes de que tuviera
lugar el cambio político e incluso el propio cambio social que posibilitaría éste.
Lo difícil es saber hasta qué punto influyeron todos estos cambios en la mayoría católica del
país y si se anticipó la iglesia o más bien constató y se puso al lado de unas
transformaciones que, sin duda, se estaban produciendo a la búsqueda de una mayor
libertad y una sociedad más justa.
Estos cambios consistentes en adoptar nuevos gustos, modas y costumbres procedentes
de Europa se habían introducido a través de dos vías: el creciente número de turistas que
llegaban a las zonas costeras de nuestro país donde el Régimen permitió actitudes y
prácticas normales en Europa pero que chocaban con la moral conservadora de la época.
Los emigrantes en Europa que, cuando regresaban, de vacaciones o definitivamente, traían
consigo una nueva mentalidad transmitiendo su fascinación por el nivel de vida europeo.
Incluso el propio Régimen contribuyó a aumentar la admiración por Europa con sus
iniciativas permanentes para integrar a España en la CEE convirtiendo a éstas no sólo en un
modelo económico sino también de libertades políticas y formas de vida que los españoles
aspiraban a alcanzar. Resultado de esto fue el surgimiento , especialmente en la juventud
urbana, de una mentalidad opuesta a la autoritaria y conservadora de los años 40 y 50 que
se resumía en un afán de libertad moral, cultural y política que empujaba hacia la
democracia.
La cultura franquista, siempre mediatizada por la censura, significó el rechazo de toda
modernidad y una vuelta a la cultura tradicional con el denominado nacional-catolicismo. En
esos primeros años fue muy difícil saber lo que se hacía en el extranjero pues la entrada de
productos culturales estaba fuertemente vigilada y su difusión por la prensa imposible pues la
ley de censura implantada en plena guerra en 1938 seguía aún vigente.
Sólo podían publicar aquellos relacionados con el Régimen como José María Pemán,
Agustín de Foxá, Dionisio Ridruejo o Pedro Laín Entralgo aunque estos dos últimos
abandonarían con el tiempo sus posiciones falangistas por otras más críticas con el
Régimen. Antes de eso participarían de la religiosidad, el espíritu patriótico, el heroísmo
militar o la reivindicación de un pasado imperial idealizado –desde los Reyes Católicos hasta
el Siglo de Oro- del que el Franquismo se consideraba heredero y continuador.
En el exilio se continuó la gran tradición cultural que venía de los años 20 y la II República
con debates como el de Américo Castro y Claudio Sánchez Albornoz sobre la esencia de
España o la fundación por exiliados de la editorial Fondo de Cultura Económica en México
con obras de los principales humanistas de la época. Se mantienen también publicando
Cernuda o Salinas (poetas del 27) Ramón Sender, Max Aub , Casona y el músico Manuel de
Falla. Desde otra perspectiva más liberal destaca la obra de Salvador de Madariaga y el
menos conflictivo José Ortega y Gasset cuya obra fue tolerada por el Régimen (lo que le
permitió la vuelta al país) como también aceptaba a algunos vestigios del 98 como Azaña,
Baroja y Menéndez Pidal.
Además de algunos amagos muy aislados como la Historia de una Escalera de Buero Vallejo
(que había estado preso en la cárceles de Franco) o la revista España de poetas sociales
como José Hierro, Blas de Otero o Gabriel Celaya no es hasta los años 50 y 60 cuando
comienza lo que se ha denominado “cultura de la oposición”: escritores partidarios del
realismo social, es decir de la literatura (y, en su caso, Arte) como instrumento de crítica
social y política: Rafael Sánchez Ferlosio (El Jarama) Juan Goytisolo, Juan Marsé, Luis Martín
Santos que define toda una época con su libro Tiempo de Silencio) o los poetas Carlos
Barral y Gil de Biedma.
Además de los ya citados son importantes los nombres de Camilo José Cela (La familia de
Pascual Duarte, La colmena) y Miguel Delibes (El camino, Las ratas) más aceptados por el
Régimen a pesar de presentar una visión social bien dura de las miserias de la época.
También hay que añadir la obra de los cineastas J.A. Bardem (Calle Mayor) y Luis García
Berlanga (Bienvenido Mr. Marshall), los pintores rompedores de grupo El Paso (Tapies, Saura)
o la obra de Eduardo Chillida todos ellos muy relacionados con las corrientes mundiales y
alejados del neofigurativismo de la época.
Se puede decir que a mediados de los 60 y hasta el final de sus días el régimen vivió al
margen de la cultura real que había desbordado el estrecho margen que se había querido
imponer y mostraba su protesta contra el Régimen mediante el ejercicio de una libertad
creativa anticipándose a lo que después habría de venir: se mantienen activos los autores ya
citados y aparecen otros diferentes como, por ejemplo, los poetas denominados novísimos:
Gimferrer, Molina Foix o Leopoldo María Panero más relacionados con lo imaginativo y lo
experimental.
acercaban a una estado latinoamericano a otro más próximo a los europeos si bien siempre a la zaga de los más desarrollados. Cambio económico que traería transformaciones sociales
que repercutirían en la evolución política.
Entre aquellas destaca el comportamiento demográfico. En la mortalidad desde los años 50
y en la natalidad en años posteriores entre otras cosas por la generalización de matrimonio
más tardíos.
Otros cambios se relacionan con las migraciones interiores. Cuatro millones de personas
cambiaron sus domicilios con la esperanza de encontrar lugares con mejores recursos
económicos y posibilidades de desarrollo: se produce el traslado de jornaleros y, en general,
campesinos hacia los núcleos urbanos, es decir hacia formas de vida diferentes, más libres y
con mayores posibilidades de promoción personal.
Geográficamente hablando tenemos una redistribución de población hacia la periferia, P.
Vasco y Cataluña, y hacia zonas interiores como Madrid o el eje del Ebro. Los cambios
acontecidos a estos emigrantes son además de espaciales y de hábitat, ocupacionales
expandiéndose el sector servicios y el industrial (40 y 38 % cercana ya la muerte de Franco) y
decayendo el agrícola.
Además se produjo la mayor incorporación de la mujer al trabajo (aunque lejos aún de las
cifras europeas) y una expresión muy fuerte de ese deseo de mejoras como se deduce de la
importancia del pluriempleo o lo corriente de jornadas superiores a 10 horas diarias. La
mejora económica traería un fuerte aumento de la renta “per cápita” y de los salarios reales
reflejado éste en el despegue del consumo: automóviles, teléfonos, consumo de carne,
televisiones, frigoríficos, lavadoras se generalizan de tal manera que en el momento de morir
Franco rondaban el 80% de la población, constituyendo los bienes de una importante clase
media más o menos acomodada, clave en lo que vendría después.
Sobre este panorama de desarrollo y esfuerzo cayó la crisis de 1973, la primera gran crisis
relacionada con el aumento súbito de los precios del petróleo que repercutió muy
negativamente en la balanza de pagos debido a la gran dependencia energética exterior y
que además frenó la expansión económica internacional de la que tanto dependía España
que perdió de repente inversores de capital extranjero, ingresos del turismo exterior y
remesas de emigrantes que tanto habían hecho por nuestro desarrollo anterior.
Así aumentó de forma notable el paro y la inflación con lo que esto supuso de pérdida de
nivel de vida. Vuelven los emigrantes de Europa agravando aún más esta situación que
estaría activa hasta mediados de los 80 (en 1979 hay una nueva crisis de precios petrolífera)
es decir que influyó de lleno en la transición democrática al destruir la ecuación Régimen/
progreso justo en el momento de la desaparición del dictador, algo que sin duda contribuiría
notablemente a la recepción de la democracia como una nueva solución, deseada por otra
parte, a los problemas económicos del país: los últimos años de Franco se viven entre
cierres de fábricas, manifestaciones laborales (a menudo politizadas mostrando la
concordancia de la democracia con las mejoras económicas) y un aumento espectacular de
las cifras del paro.
Cambios sociales y mala situación económica son dos patas de una mesa a la que le faltan
los movimientos políticos para describir la situación del país en 1975, Los de la oposición se
citan en sitio distinto pero los breves y cortos intentos del régimen por cambiar las
estructuras del poder se verán aquí.
En todos los años 60 funciona el binomio inmovilismo político/desarrollo económico con la
sola excepción de la Ley Fraga que eliminaba la censura previa pero no las multas,
suspensiones y cierres de periódicos como le ocurrió al desaparecido Madrid.
Mucho más tarde hay que hablar del denominado espíritu del 12 de febrero, un intento del
presidente Arias Navarro por abrir algo el país tras la muerte de Carrero Blanco: asociaciones
políticas limitadas por los Principios del Movimiento (al frente de la más importante la UDPE
estaría Adolfo Suárez un personaje clave de la transición), promesa de leyes municipales que
permitiesen la elección de alcalde y diputaciones provinciales, reformas sindicales que no
iban más allá de un formalismo con poco contenido real. La prueba de lo corto del esfuerzo
es la dimisión, hecho insólito en el Franquismo, de dos ministros “aperturistas” del propio
gobierno nombrado por Arias Navarro (Barrera de Irimo el importante ministro de Hacienda y
Pío Cabanillas). Aun así los sectores más conservadores protestaron contras las reformas y
comenzó a hablarse del búnker, es decir de aquellos dispuestos a mantener el estátus
político existente más allá incluso de la propia muerte de Franco.
La oposición al régimen, aunque nunca tuvo una incidencia mayoritaria en el conjunto de la
sociedad española, no dejó de manifestarse a lo largo de todo el periodo franquista. Durante
los años posteriores a la II Guerra Mundial, el PCE intentará provocar el fin del régimen
mediante la actuación de una guerrilla armada, el maquis, cuya incidencia en el conjunto de
la población fue muy escasa, siendo desarticulada por la guardia civil. En la década de los
cincuenta, se producirán esporádicos episodios de oposición estudiantil y de huelgas
obreras que pondrán de manifiesto la incomodidad de determinados sectores sociales con el
régimen, aunque apenas alterarán la estabilidad del mismo.
Con el desarrollo económico se multiplicó la actividad de la oposición. Las tendencias de
ésta eran variadas. Por una parte, la oposición democrática, formada por monárquicos,
liberales y democristianos, que en 1962 denunció desde Munich el carácter antidemocrático
del régimen, que presentó la reunión como un contubernio masónico antiespañol. Por otra,
la principal oposición comunista, que cristalizó en su entorno a la mayor parte de la
resistencia interior al franquismo. Sus ámbitos de actuación preferentes fueron la universidad
–cuya actividad opositora no decreció hasta la muerte de Franco, y donde se alcanzó la
mayor tensión en 1965, cuando el régimen reaccionó expulsando de las cátedras a
numerosos profesores que apoyaron las movilizaciones estudiantiles– y el mundo laboral –
donde se observa un progresiva politización desde 1967, convocándose huelgas políticas.
La creación de las comisiones obreras, sindicatos clandestinos, sirvió de plataforma a la
actividad comunista contra el régimen en el ámbito laboral. Esta oposición fue más evidente
en Barcelona, País Vasco, Asturias o Madrid–.
También los movimientos nacionalistas actuaron contra el régimen. Especial importancia fue
la aparición del movimiento terrorista ETA, en sus dos ramas –militar y político-militar–, que
desde finales de los años 60 actuaría contra las fuerzas de seguridad del Estado. El proceso
de Burgos, en 1970, donde se juzgó y condenó a muerte a seis terroristas de ETA, fue un
éxito propagandístico de la banda, que logró el indulto de sus miembros como consecuencia
de las movilizaciones contra el juicio tanto en el interior como en el exterior del país.
También en los últimos años del franquismo, perdió el régimen el apoyo de uno de sus
pilares, la Iglesia católica que se convierte en oposición algo de lo que hablaremos ahora al
hablar de la evolución de las mentalidades.
Todo este marco económico, social y político se vio ayudado en los acontecimientos de la
transición por los cambios de las mentalidades. Uno de estos tiene que ver, según Javier
Tusell, con la evolución del catolicismo en España
Este papel de la religión como motor de cambio en lo político tiene que ver en nuestro país
con la recepción del Concilio Vaticano II: dado el poder social de la Iglesia en los años 50
difícilmente otra institución podía haber desempeñado un papel semejante.
En efecto el nacional-catolicismo de la posguerra más que una forma teológica fue la
mentalidad que mejor encajó con los ganadores de la guerra Civil: estrechamente vinculada
al estado e “insaciable” en el sentido de que el catolicismo español era el más puro y que
todas sus manifestaciones debían ser particularmente ortodoxas.
Además el catolicismo de posguerra era sincero y tuvo entre otras manifestaciones una
intensa movilización a través de las asociaciones de apostolado pero también en relación
con las Hermandades Obreras de Acción Católica o con la Juventud Obrera Católica que ya
en los años 40 chocaba con las entidades sociales oficiales.
Este fenómeno se prosigue en los años 50 con una autocrítica social en general en círculos
intelectuales que tienen como ejemplo las conversaciones de San Sebastián y Gredos a las
que aparecen asociados intelectuales como Aranguren, Marías o Pedro Laín Entralgo
anticipando lo que sería el impacto del Concilio Vaticano II con una crítica al catolicismo
como forma parapolítica al proporcionarle al Régimen cuadros a través de una de sus
familias más destacadas.
El Concilio Vaticano II es el que da significado a estas posturas a pesar de la escasa
participación española en el mismo, un 5% de los padres conciliares que no actuó además
coordinadamente ,y que en general se identificó con la línea más retardataria por ejemplo en
cuestiones de libertad religiosa, algo inadmisible para algún obispo y que se tradujo en las
malas condiciones de las iglesias protestantes: problemas con las versiones de sus biblias,
ceremonias no públicas, lugares de culto sin rótulos, etc. situación que se modificaría en
1967 con una Ley de Libertad Religiosa que paliaba algo la situación.
Hay que decir que esto no debe extrañar pues en 1966 2/3 de los obispos tenían más de 60
años y sólo tres eran menores de 45. La inmensa mayoría procedían del mundo rural y
habían sido ordenados antes de la Guerra Civil. Frente a esto en el período 1965-71 se
nombraron 42 obispos nuevos y muchos más auxiliares por las disparidades entre
autoridades eclesiásticas y civiles. Este cambio en la jerarquía por una generación más joven
y con una mentalidad nueva hizo que cambiara el sentido de sus enseñanzas algo en lo que
la propia Roma y el propio pontífice Pablo VI, tuvieron que ver desde el primer momento
insistiendo en la importancia de la justicia social en la doctrina de la Iglesia. Igualmente algo
se movía en España cuando en 1971 una asamblea de obispos y sacerdotes
se mostraba partidario de pedir perdón por no haber sido instrumento de reconciliación entre
los españoles.
O cuando en 1972 un documento de la Conferencia Episcopal insistía en la transformación
de las estructuras sociales, en la falta de libertad o la incompatibilidad de la fe con un
sistema que no busque la libertad, la igualdad y la participación. Es difícil exagerar el papel
de la Iglesia que, junto con la prensa, hizo un papel mayor que el de cualquier institución
social para la recuperación de la España real.
El Régimen, por su parte, reaccionó de una manera peculiar ante este nuevo frente que se le
abría con las transformaciones eclesiásticas intentado mantener el nacional-catolicismo
nombrando a algunos obispos Consejeros del Reino o Procuradores en Cortes o
prometiéndola todo lo que quisiera siempre que fuera nuestro principal apoyo en palabras del
almirante Carrero al cardenal Tarancón.
El desligamiento ya se había producido y sin marcha atrás empezando en aquellas regiones
donde históricamente el catolicismo había tenido un talante más avanzado como es el caso
de los sacerdotes vascos y catalanes. Además a mediados de los 60 ya era corriente
encontrarse en la prensa noticias de suspensión de reuniones de tipo religioso, registros o,
en último extremo de encarcelamientos en la cárcel exclusiva de Zamora.
La intercesión por los condenados en el proceso de Burgos o el intento de expulsión de
España del arzobispo Añoveros son los dos momentos más álgidos de este desacuerdo. La
iglesia católica había realizado su transición superadora de la guerra civil antes de que tuviera
lugar el cambio político e incluso el propio cambio social que posibilitaría éste.
Lo difícil es saber hasta qué punto influyeron todos estos cambios en la mayoría católica del
país y si se anticipó la iglesia o más bien constató y se puso al lado de unas
transformaciones que, sin duda, se estaban produciendo a la búsqueda de una mayor
libertad y una sociedad más justa.
Estos cambios consistentes en adoptar nuevos gustos, modas y costumbres procedentes
de Europa se habían introducido a través de dos vías: el creciente número de turistas que
llegaban a las zonas costeras de nuestro país donde el Régimen permitió actitudes y
prácticas normales en Europa pero que chocaban con la moral conservadora de la época.
Los emigrantes en Europa que, cuando regresaban, de vacaciones o definitivamente, traían
consigo una nueva mentalidad transmitiendo su fascinación por el nivel de vida europeo.
Incluso el propio Régimen contribuyó a aumentar la admiración por Europa con sus
iniciativas permanentes para integrar a España en la CEE convirtiendo a éstas no sólo en un
modelo económico sino también de libertades políticas y formas de vida que los españoles
aspiraban a alcanzar. Resultado de esto fue el surgimiento , especialmente en la juventud
urbana, de una mentalidad opuesta a la autoritaria y conservadora de los años 40 y 50 que
se resumía en un afán de libertad moral, cultural y política que empujaba hacia la
democracia.
La cultura franquista, siempre mediatizada por la censura, significó el rechazo de toda
modernidad y una vuelta a la cultura tradicional con el denominado nacional-catolicismo. En
esos primeros años fue muy difícil saber lo que se hacía en el extranjero pues la entrada de
productos culturales estaba fuertemente vigilada y su difusión por la prensa imposible pues la
ley de censura implantada en plena guerra en 1938 seguía aún vigente.
Sólo podían publicar aquellos relacionados con el Régimen como José María Pemán,
Agustín de Foxá, Dionisio Ridruejo o Pedro Laín Entralgo aunque estos dos últimos
abandonarían con el tiempo sus posiciones falangistas por otras más críticas con el
Régimen. Antes de eso participarían de la religiosidad, el espíritu patriótico, el heroísmo
militar o la reivindicación de un pasado imperial idealizado –desde los Reyes Católicos hasta
el Siglo de Oro- del que el Franquismo se consideraba heredero y continuador.
En el exilio se continuó la gran tradición cultural que venía de los años 20 y la II República
con debates como el de Américo Castro y Claudio Sánchez Albornoz sobre la esencia de
España o la fundación por exiliados de la editorial Fondo de Cultura Económica en México
con obras de los principales humanistas de la época. Se mantienen también publicando
Cernuda o Salinas (poetas del 27) Ramón Sender, Max Aub , Casona y el músico Manuel de
Falla. Desde otra perspectiva más liberal destaca la obra de Salvador de Madariaga y el
menos conflictivo José Ortega y Gasset cuya obra fue tolerada por el Régimen (lo que le
permitió la vuelta al país) como también aceptaba a algunos vestigios del 98 como Azaña,
Baroja y Menéndez Pidal.
Además de algunos amagos muy aislados como la Historia de una Escalera de Buero Vallejo
(que había estado preso en la cárceles de Franco) o la revista España de poetas sociales
como José Hierro, Blas de Otero o Gabriel Celaya no es hasta los años 50 y 60 cuando
comienza lo que se ha denominado “cultura de la oposición”: escritores partidarios del
realismo social, es decir de la literatura (y, en su caso, Arte) como instrumento de crítica
social y política: Rafael Sánchez Ferlosio (El Jarama) Juan Goytisolo, Juan Marsé, Luis Martín
Santos que define toda una época con su libro Tiempo de Silencio) o los poetas Carlos
Barral y Gil de Biedma.
Además de los ya citados son importantes los nombres de Camilo José Cela (La familia de
Pascual Duarte, La colmena) y Miguel Delibes (El camino, Las ratas) más aceptados por el
Régimen a pesar de presentar una visión social bien dura de las miserias de la época.
También hay que añadir la obra de los cineastas J.A. Bardem (Calle Mayor) y Luis García
Berlanga (Bienvenido Mr. Marshall), los pintores rompedores de grupo El Paso (Tapies, Saura)
o la obra de Eduardo Chillida todos ellos muy relacionados con las corrientes mundiales y
alejados del neofigurativismo de la época.
Se puede decir que a mediados de los 60 y hasta el final de sus días el régimen vivió al
margen de la cultura real que había desbordado el estrecho margen que se había querido
imponer y mostraba su protesta contra el Régimen mediante el ejercicio de una libertad
creativa anticipándose a lo que después habría de venir: se mantienen activos los autores ya
citados y aparecen otros diferentes como, por ejemplo, los poetas denominados novísimos:
Gimferrer, Molina Foix o Leopoldo María Panero más relacionados con lo imaginativo y lo
experimental.
15.2. La consolidación del régimen. Las transformaciones económicas: De la autarquía al desarrollismo. Los cambios sociales.
El boom económico de los años 60 en la Europa Occidental llegó también a España y será el
responsable, junto a los planes de desarrollo y la liberalización de la economía posterior al
Plan de Estabilización que dejaba atrás el mercado negro, el estraperlo y la autarquía en
general, de un crecimiento importante del PIB. La apreciación de la moneda y el aumento de
divisas, factor este último del que también son responsables las remesas de los emigrantes
en el exterior y el turismo extranjero que comenzaba ahora su andadura.
Desarrollo económico y transformaciones sociales: crecimiento de la población y emigración
a las ciudades de los jóvenes agricultores donde les esperaba el comienzo de la sociedad
del bienestar: vivienda, coche, mejores salarios, educación y sanidad más amplias,
electrodomésticos, etc. Este crecimiento material y su traducción social juegan a favor del
régimen al despolitizar a muchos ciudadanos que aceptan cambiar falta de libertades por
consumismo aunque sea éste incipiente.
Y ello a pesar de que los hijos de los contrincantes de Franco en la Guerra y la inmediata
posguerra han tomado el relevo en la Universidad y en el mundo laboral: es el momento del
declive del SEU y el nacimiento de C.C.O.O. en Asturias. Aún así y todo su discordancia cala
poco en la sociedad y no tiene repercusión alguna en los entes oficiales más preocupados
ahora por la sucesión
Franco que acabaría convirtiendo a Juan Carlos de Borbón en príncipe heredero.
En el exterior, y después del doble reconocimiento del Vaticano y los USA (este último muy
relacionado con el momento de guerra fría que vive el mundo) España sigue entrando con
más o menos brillantez en los organismo internacionales del entorno. De el todavía escapará
las públicamente rechazadas y privadamente deseadas CEE con las que apenas se lograría
una acuerdo preferencial de aranceles que paliaría la frustración de no ser aceptados allí
donde una dictadura no podía serlo, algo que, ni remotamente, pone en duda a un régimen
plenamente consolidado.
La evolución económica de España entre 1939 y 1959 se va a desarrollar bajo el signo de la
autarquía. La política autárquica llevada a cabo por el régimen, de inspiración fascista, fue un
completo fracaso, sin apenas crecimiento económico durante la década de los años
cuarenta. La política autárquica va a ser incapaz de recuperar el tejido productivo destruido
durante la guerra civil –destrucción que afectó sobre todo al sector agrario, pero también al
industrial, energético e infraestructuras– debido a sus limitaciones ideológicas –negación del
mercado– y a las dificultades que el aislamiento produjo a la economía española. La inflación
se disparó –creciendo hasta el 234% en 1941, tomando como referencia los precios de
1930–, la cotización de la peseta se desplomó y las divisas desaparecieron. La política
autárquica era incapaz de abastecer los mercados de productos básicos, lo que estimuló la
aparición de un activo mercado negro.
El régimen franquista apostó por la industrialización, creando en 1941 el Instituto Nacional de
Industria (INI), cuya labor, lastrada por el intervencionismo y la burocracia, fue escasamente
eficaz. Paralelamente se nacionalizaron las comunicaciones telefónicas, el transporte aéreo y
las explotaciones mineras, en unas prácticas intervencionistas que impedían cualquier
recuperación. De igual modo, el estado intentó reactivar la economía mediante la aplicación
de un programa de obras públicas que encontró en la construcción de pantanos su principal
plasmación.
En una situación de quiebra económica, se presentó en 1959 el plan de estabilización. El
plan era una operación para sanear, liberalizar y racionalizar la economía española. El plan
pretendía, en un primer momento, frenar la inflación y rescatar a la peseta. Se bloqueó el
gasto público y se favoreció la inversión extranjera –España había ingresado en 1958 en la
Organización Europea de Cooperación Económica y en el Fondo Monetario Internacional–.
Los resultados del plan no tardaron en llegar. Tras una inicial contracción del consumo y de la
inversión y un aumento del paro –en 1960 comenzaría el éxodo masivo de trabajadores hacia
Europa–, la economía española se recuperó. El Estado contó con superávit ya en 1959, las
reservas de divisas aumentaron rápidamente; la devaluación de la peseta favoreció el turismo
–que se convertirá en el nuevo motor económico– y redujo también el déficit comercial.
El Plan de Estabilización inició una etapa de desarrollo económico como no se había
conocido en la historia de España. La coyuntura económica internacional ayudó a este
despegue de la economía española que entre 1961 y 1964 creció a un ritmo del 8,7% anual.
Crecimiento equilibrado y que se manifestó especialmente en la industria y en los servicios.
La inflación se contuvo, no superando el 5%, a la vez que crecían los salarios reales entre un
8 y un 11% anual. Estos resultados del Plan de Estabilización llevaron a los dirigentes
franquistas a un intento de dirigir el crecimiento mediante la puesta en marcha de los Planes
de Desarrollo –cuatrienales, tres en el periodo 1964-1975–. El primero de ellos entró en vigor
en 1964 y aspiraba a frenar la incertidumbre que podía existir en los inversores sobre un
posible retorno a la autarquía, indicando la firme voluntad del régimen de entrar por la senda
del desarrollo. El Plan de Desarrollo pretendía trasvasar el impulso económico del Estado a la
iniciativa privada, utilizando como instrumentos las acciones concertadas entre el gobierno y
las empresas y los polos de desarrollo. No obstante, el Plan de Desarrollo no dejaba de ser
una forma de intervencionismo estatal y sus resultados no fueron los esperados. El
crecimiento continuó, pero a un ritmo menor que con anterioridad (5,6% anual), la inflación
se disparó (14%) e, incluso, la balanza de pagos arrojó en 1965 un saldo deficitario, algo que
no ocurría desde 1959. El desarrollo de estos años fue espasmódico, alternándose periodos
de desarrollo con otros de estancamiento. Tal situación ha llevado a decir al economista José
Luis Sampedro que España creció «a pesar de los planes de desarrollo, y no por ellos».
No obstante los altibajos, el desarrollo de estos años fue real, aunque desequilibrado,
centrándose en Cataluña, País Vasco, Madrid y en torno a las principales ciudades del país.
La producción industrial creció; por ejemplo, la producción de acero llegó a 7 millones de
toneladas en 1970, el doble de la producida en 1965; la producción de automóviles llegó a
450.000 en ese año, diez veces más que en 1960. El Seat Seiscientos se convirtió en el
símbolo de esos años, tanto del despegue económico español como de la creciente
prosperidad material.
La industria, además, se modernizó. La minería y la industria textil, tradicionales líderes de la
industria española, perdieron importancia. En 1970, la principal industria española era una
empresa de automóviles, Seat, y, entre las diez primeras industrias del país, había siderúrgicas (Altos Hornos de Vizcaya y Ensidesa), petroleras (Cepsa y Repsol), de
construcción naval (Astilleros Españoles) y químicas (Riotinto y Butano).
El desarrollo transformó la estructura económica del país. España dejó de ser un país
agrario. En 1960 la agricultura representaba el 24% del PIB y empleaba al 42% de la
población activa (cerca de cinco millones de personas); diez años más tarde, estos
indicadores se habían reducido al 13% y al 29% respectivamente, empleándose en el campo
menos de cuatro millones de personas.
El turismo se convirtió en una actividad extremadamente importante y la principal fuente de
divisas del país. Los turistas pasaron de seis millones de visitantes en 1960, cifra ya elevada,
a más de treinta y cuatro millones en 1973; los ingresos derivados de esta actividad también
crecieron espectacularmente, de 297 millones de dólares en 1960 a más de 3400 millones
en 1975.
La otra importante fuente de divisas fueron las remesas procedentes de la emigración. Entre
1962 y 1973 abandonaron sus lugares con destino a Europa o a las capitales de provincia
cuatro millones de personas. La emigración permitió contar con una llegada regular de
divisas y redujo la presión laboral.
El desarrollo económico se verá frenado a partir de 1973 como consecuencia del inicio de la
crisis del petróleo y coincidió con los últimos años de vida de Franco, lo que complicó aún
más la ya de por sí difícil transición.
En la década de los 60 tanto los comportamientos demográficos como las condiciones de
vida o la estratificación social sufren cambios que se traducen en una modernización de la
sociedad. El resultado es una sociedad industrializada de clases medias urbanas y con un
importante desarrollo del sector servicios lo que trajo, además, la ruptura de los viejo
controles y prejuicios sociales ganándose en autonomía y libertad personal.
Demográficamente hablando la población aumentó en 3,5 millones de personas entre 1960 y
1970 asociado a un ritmo desconocido hasta entonces y con una caída a gran velocidad de
las tasas de mortalidad y un menor descenso de las de natalidad. La primera en torno al
8,6%o con una fuerte caída en la mortalidad infantil y la relacionada con enfermedades
infecciosas. Por su parte la tasa de natalidad se situaba en el 19,7%o con una cifra media de
2,8 hijos por mujer en 1970.
Un segundo proceso se relaciona con el proceso de urbanización que aumenta tras la
estabilización económica y el desarrollo industrial ligado a los núcleos de población más
pujantes potenciándose así los sectores secundario y terciario. Se produce, entonces, una
fuerte emigración interior relacionada con obreros agrícolas residentes en municipios
mínimos y con una edad juvenil. Se dirigen hacia las zonas desarrolladas y entre éstas las
más próximas unos 3,5, millones de personas entre 1960 y 1970. Además otras zonas
nacionales gozan de gran atracción: País Vasco, Zaragoza, Valladolid, el litoral mediterráneo
(Cataluña, Valencia, Baleares) y Málaga y Sevilla en Andalucía: se despoblaba el campo en
beneficio de la ciudad.
Además a partir de 1960 se produce una emigración hacia el exterior a países desarrollados
como Francia y la RFA (casi el 77%del total) y en menor medida Suiza: envío de divisas,
desarraigo personal, dispersión familiar, pérdida de referentes culturales son la cara y la cruz
del fenómeno que es en general transitorio (en torno a tres años de permanencia en destino)
salvo una parte de la dirigida a Francia.
Por lo que respecta a los núcleos urbanos españoles se producen ensanches y creación de
nuevas “ciudades dormitorio” en la periferia de las zonas de atracción generándose núcleos
inicialmente poco dotados de infraestructuras sanitarias, educativas o deportivas.
El tercer proceso se relaciona con el trasvase continuo de población agraria al sector
industrial y de servicios perdiendo el primero el 10% de sus efectivos entre 1960 y 1970 que
se reparten por igual en un secundario líder ( 37%) y un terciario poderoso (33,5%).
En general se puede decir que la sociedad se rejuveneció y que las clases medias, cuarto
proceso, se convirtieron en el grupo social más amplio e importante al que accedían los
grupos obreros y se mantenían en él los que ya formaban parte de tal manera que hablamos
en 1970 de una clase baja formada por un todavía importante 41 % (trabajadores urbanos
del sector industrial y servicios; obreros agrícolas), de una clase media que abarcaba el 54%
de la población comerciantes e industriales pequeños y medianos, funcionarios de la
Administración, ejecutivos del sector privado) y una clase alta con el 5% restante: altos
funcionarios, grandes empresarios de todo tipo y miembros destacados de las profesiones
liberales.
Estos grupos sociales forman familias cada vez más autónomas e independientes del grupo
familiar extenso: unidades familiares de entre dos y cinco miembros con acceso a los bienes
del consumo: vivienda, frigoríficos, lavadoras, televisión y automóvil en un inicio de sociedad
de bienestar desconocido cuantitativamente hasta ahora.
El país había cambiado para ello con un notable crecimiento de la vivienda (4.000.000.
construidas entre 1960 y 1975) al mismo tiempo que el estado invertía en salud y educación,
redes eléctricas, carreteras, fabricación de automóviles y trenes o desde otra perspectiva, se
generalizaban las vacaciones anuales y de fines de semana. Subía la renta per cápita
multiplicándose por cuatro hasta 1979 (1176 dólares), el salario mínimo (en menor medida) y
bajaba el coste de la vida cambiándose la distribución de la cesta de la compra en la que
descendía el capítulo alimenticio (dentro de él subía la leche y la carne frente a los cereales y
las patatas) y aumentaba el de vacaciones y gastos varios. Aún así y todo 7.000.000. de
personas se calculaban aún en el umbral de la pobreza en 1970.
Se generalizaron, finalmente, mejoras sociales como los seguros de enfermedad,
maternidad, vejez e invalidez; se amplió la red hospitalaria (también relacionada con la Ley de
Bases de la seguridad Social) de 1963) y se hizo obligatoria la educación hasta los 14 años
dentro de planes de crecimiento de la enseñanza primaria y secundaria.
responsable, junto a los planes de desarrollo y la liberalización de la economía posterior al
Plan de Estabilización que dejaba atrás el mercado negro, el estraperlo y la autarquía en
general, de un crecimiento importante del PIB. La apreciación de la moneda y el aumento de
divisas, factor este último del que también son responsables las remesas de los emigrantes
en el exterior y el turismo extranjero que comenzaba ahora su andadura.
Desarrollo económico y transformaciones sociales: crecimiento de la población y emigración
a las ciudades de los jóvenes agricultores donde les esperaba el comienzo de la sociedad
del bienestar: vivienda, coche, mejores salarios, educación y sanidad más amplias,
electrodomésticos, etc. Este crecimiento material y su traducción social juegan a favor del
régimen al despolitizar a muchos ciudadanos que aceptan cambiar falta de libertades por
consumismo aunque sea éste incipiente.
Y ello a pesar de que los hijos de los contrincantes de Franco en la Guerra y la inmediata
posguerra han tomado el relevo en la Universidad y en el mundo laboral: es el momento del
declive del SEU y el nacimiento de C.C.O.O. en Asturias. Aún así y todo su discordancia cala
poco en la sociedad y no tiene repercusión alguna en los entes oficiales más preocupados
ahora por la sucesión
Franco que acabaría convirtiendo a Juan Carlos de Borbón en príncipe heredero.
En el exterior, y después del doble reconocimiento del Vaticano y los USA (este último muy
relacionado con el momento de guerra fría que vive el mundo) España sigue entrando con
más o menos brillantez en los organismo internacionales del entorno. De el todavía escapará
las públicamente rechazadas y privadamente deseadas CEE con las que apenas se lograría
una acuerdo preferencial de aranceles que paliaría la frustración de no ser aceptados allí
donde una dictadura no podía serlo, algo que, ni remotamente, pone en duda a un régimen
plenamente consolidado.
La evolución económica de España entre 1939 y 1959 se va a desarrollar bajo el signo de la
autarquía. La política autárquica llevada a cabo por el régimen, de inspiración fascista, fue un
completo fracaso, sin apenas crecimiento económico durante la década de los años
cuarenta. La política autárquica va a ser incapaz de recuperar el tejido productivo destruido
durante la guerra civil –destrucción que afectó sobre todo al sector agrario, pero también al
industrial, energético e infraestructuras– debido a sus limitaciones ideológicas –negación del
mercado– y a las dificultades que el aislamiento produjo a la economía española. La inflación
se disparó –creciendo hasta el 234% en 1941, tomando como referencia los precios de
1930–, la cotización de la peseta se desplomó y las divisas desaparecieron. La política
autárquica era incapaz de abastecer los mercados de productos básicos, lo que estimuló la
aparición de un activo mercado negro.
El régimen franquista apostó por la industrialización, creando en 1941 el Instituto Nacional de
Industria (INI), cuya labor, lastrada por el intervencionismo y la burocracia, fue escasamente
eficaz. Paralelamente se nacionalizaron las comunicaciones telefónicas, el transporte aéreo y
las explotaciones mineras, en unas prácticas intervencionistas que impedían cualquier
recuperación. De igual modo, el estado intentó reactivar la economía mediante la aplicación
de un programa de obras públicas que encontró en la construcción de pantanos su principal
plasmación.
En una situación de quiebra económica, se presentó en 1959 el plan de estabilización. El
plan era una operación para sanear, liberalizar y racionalizar la economía española. El plan
pretendía, en un primer momento, frenar la inflación y rescatar a la peseta. Se bloqueó el
gasto público y se favoreció la inversión extranjera –España había ingresado en 1958 en la
Organización Europea de Cooperación Económica y en el Fondo Monetario Internacional–.
Los resultados del plan no tardaron en llegar. Tras una inicial contracción del consumo y de la
inversión y un aumento del paro –en 1960 comenzaría el éxodo masivo de trabajadores hacia
Europa–, la economía española se recuperó. El Estado contó con superávit ya en 1959, las
reservas de divisas aumentaron rápidamente; la devaluación de la peseta favoreció el turismo
–que se convertirá en el nuevo motor económico– y redujo también el déficit comercial.
El Plan de Estabilización inició una etapa de desarrollo económico como no se había
conocido en la historia de España. La coyuntura económica internacional ayudó a este
despegue de la economía española que entre 1961 y 1964 creció a un ritmo del 8,7% anual.
Crecimiento equilibrado y que se manifestó especialmente en la industria y en los servicios.
La inflación se contuvo, no superando el 5%, a la vez que crecían los salarios reales entre un
8 y un 11% anual. Estos resultados del Plan de Estabilización llevaron a los dirigentes
franquistas a un intento de dirigir el crecimiento mediante la puesta en marcha de los Planes
de Desarrollo –cuatrienales, tres en el periodo 1964-1975–. El primero de ellos entró en vigor
en 1964 y aspiraba a frenar la incertidumbre que podía existir en los inversores sobre un
posible retorno a la autarquía, indicando la firme voluntad del régimen de entrar por la senda
del desarrollo. El Plan de Desarrollo pretendía trasvasar el impulso económico del Estado a la
iniciativa privada, utilizando como instrumentos las acciones concertadas entre el gobierno y
las empresas y los polos de desarrollo. No obstante, el Plan de Desarrollo no dejaba de ser
una forma de intervencionismo estatal y sus resultados no fueron los esperados. El
crecimiento continuó, pero a un ritmo menor que con anterioridad (5,6% anual), la inflación
se disparó (14%) e, incluso, la balanza de pagos arrojó en 1965 un saldo deficitario, algo que
no ocurría desde 1959. El desarrollo de estos años fue espasmódico, alternándose periodos
de desarrollo con otros de estancamiento. Tal situación ha llevado a decir al economista José
Luis Sampedro que España creció «a pesar de los planes de desarrollo, y no por ellos».
No obstante los altibajos, el desarrollo de estos años fue real, aunque desequilibrado,
centrándose en Cataluña, País Vasco, Madrid y en torno a las principales ciudades del país.
La producción industrial creció; por ejemplo, la producción de acero llegó a 7 millones de
toneladas en 1970, el doble de la producida en 1965; la producción de automóviles llegó a
450.000 en ese año, diez veces más que en 1960. El Seat Seiscientos se convirtió en el
símbolo de esos años, tanto del despegue económico español como de la creciente
prosperidad material.
La industria, además, se modernizó. La minería y la industria textil, tradicionales líderes de la
industria española, perdieron importancia. En 1970, la principal industria española era una
empresa de automóviles, Seat, y, entre las diez primeras industrias del país, había siderúrgicas (Altos Hornos de Vizcaya y Ensidesa), petroleras (Cepsa y Repsol), de
construcción naval (Astilleros Españoles) y químicas (Riotinto y Butano).
El desarrollo transformó la estructura económica del país. España dejó de ser un país
agrario. En 1960 la agricultura representaba el 24% del PIB y empleaba al 42% de la
población activa (cerca de cinco millones de personas); diez años más tarde, estos
indicadores se habían reducido al 13% y al 29% respectivamente, empleándose en el campo
menos de cuatro millones de personas.
El turismo se convirtió en una actividad extremadamente importante y la principal fuente de
divisas del país. Los turistas pasaron de seis millones de visitantes en 1960, cifra ya elevada,
a más de treinta y cuatro millones en 1973; los ingresos derivados de esta actividad también
crecieron espectacularmente, de 297 millones de dólares en 1960 a más de 3400 millones
en 1975.
La otra importante fuente de divisas fueron las remesas procedentes de la emigración. Entre
1962 y 1973 abandonaron sus lugares con destino a Europa o a las capitales de provincia
cuatro millones de personas. La emigración permitió contar con una llegada regular de
divisas y redujo la presión laboral.
El desarrollo económico se verá frenado a partir de 1973 como consecuencia del inicio de la
crisis del petróleo y coincidió con los últimos años de vida de Franco, lo que complicó aún
más la ya de por sí difícil transición.
En la década de los 60 tanto los comportamientos demográficos como las condiciones de
vida o la estratificación social sufren cambios que se traducen en una modernización de la
sociedad. El resultado es una sociedad industrializada de clases medias urbanas y con un
importante desarrollo del sector servicios lo que trajo, además, la ruptura de los viejo
controles y prejuicios sociales ganándose en autonomía y libertad personal.
Demográficamente hablando la población aumentó en 3,5 millones de personas entre 1960 y
1970 asociado a un ritmo desconocido hasta entonces y con una caída a gran velocidad de
las tasas de mortalidad y un menor descenso de las de natalidad. La primera en torno al
8,6%o con una fuerte caída en la mortalidad infantil y la relacionada con enfermedades
infecciosas. Por su parte la tasa de natalidad se situaba en el 19,7%o con una cifra media de
2,8 hijos por mujer en 1970.
Un segundo proceso se relaciona con el proceso de urbanización que aumenta tras la
estabilización económica y el desarrollo industrial ligado a los núcleos de población más
pujantes potenciándose así los sectores secundario y terciario. Se produce, entonces, una
fuerte emigración interior relacionada con obreros agrícolas residentes en municipios
mínimos y con una edad juvenil. Se dirigen hacia las zonas desarrolladas y entre éstas las
más próximas unos 3,5, millones de personas entre 1960 y 1970. Además otras zonas
nacionales gozan de gran atracción: País Vasco, Zaragoza, Valladolid, el litoral mediterráneo
(Cataluña, Valencia, Baleares) y Málaga y Sevilla en Andalucía: se despoblaba el campo en
beneficio de la ciudad.
Además a partir de 1960 se produce una emigración hacia el exterior a países desarrollados
como Francia y la RFA (casi el 77%del total) y en menor medida Suiza: envío de divisas,
desarraigo personal, dispersión familiar, pérdida de referentes culturales son la cara y la cruz
del fenómeno que es en general transitorio (en torno a tres años de permanencia en destino)
salvo una parte de la dirigida a Francia.
Por lo que respecta a los núcleos urbanos españoles se producen ensanches y creación de
nuevas “ciudades dormitorio” en la periferia de las zonas de atracción generándose núcleos
inicialmente poco dotados de infraestructuras sanitarias, educativas o deportivas.
El tercer proceso se relaciona con el trasvase continuo de población agraria al sector
industrial y de servicios perdiendo el primero el 10% de sus efectivos entre 1960 y 1970 que
se reparten por igual en un secundario líder ( 37%) y un terciario poderoso (33,5%).
En general se puede decir que la sociedad se rejuveneció y que las clases medias, cuarto
proceso, se convirtieron en el grupo social más amplio e importante al que accedían los
grupos obreros y se mantenían en él los que ya formaban parte de tal manera que hablamos
en 1970 de una clase baja formada por un todavía importante 41 % (trabajadores urbanos
del sector industrial y servicios; obreros agrícolas), de una clase media que abarcaba el 54%
de la población comerciantes e industriales pequeños y medianos, funcionarios de la
Administración, ejecutivos del sector privado) y una clase alta con el 5% restante: altos
funcionarios, grandes empresarios de todo tipo y miembros destacados de las profesiones
liberales.
Estos grupos sociales forman familias cada vez más autónomas e independientes del grupo
familiar extenso: unidades familiares de entre dos y cinco miembros con acceso a los bienes
del consumo: vivienda, frigoríficos, lavadoras, televisión y automóvil en un inicio de sociedad
de bienestar desconocido cuantitativamente hasta ahora.
El país había cambiado para ello con un notable crecimiento de la vivienda (4.000.000.
construidas entre 1960 y 1975) al mismo tiempo que el estado invertía en salud y educación,
redes eléctricas, carreteras, fabricación de automóviles y trenes o desde otra perspectiva, se
generalizaban las vacaciones anuales y de fines de semana. Subía la renta per cápita
multiplicándose por cuatro hasta 1979 (1176 dólares), el salario mínimo (en menor medida) y
bajaba el coste de la vida cambiándose la distribución de la cesta de la compra en la que
descendía el capítulo alimenticio (dentro de él subía la leche y la carne frente a los cereales y
las patatas) y aumentaba el de vacaciones y gastos varios. Aún así y todo 7.000.000. de
personas se calculaban aún en el umbral de la pobreza en 1970.
Se generalizaron, finalmente, mejoras sociales como los seguros de enfermedad,
maternidad, vejez e invalidez; se amplió la red hospitalaria (también relacionada con la Ley de
Bases de la seguridad Social) de 1963) y se hizo obligatoria la educación hasta los 14 años
dentro de planes de crecimiento de la enseñanza primaria y secundaria.
15.1. La creación del estado franquista: fundamentos ideológicos y apoyos sociales. Evolución política y coyuntura exterior. Del aislamiento al recono
No existe propiamente dicha una ideología franquista como si las hubo en los casos de la
Alemania nazi o la Italia fascista.
Parece claro que Franco tenía claro lo que España no debería ser: oposición a la libertad de
expresión y a los partidos en nombre del antiliberalismo que conducía a la disolución social y,
en último término, preparaba la llegada del comunismo, el verdadero causante de la guerra
civil y de las dificultades que el Franquismo encontraba en el exterior. Denuncia hasta los
años 60 de un pacto entre la masonería (asimilada al liberalismo y la democracia) con los comunistas para acabar con su régimen. Y todo ello en una época de división del mundo en
dos bloques representados por los supuestos aliados contra Franco.
Los grupos que le apoyaban procedían de distintas ideologías aunque tenían rasgos en
común: tradicionalistas, sobre todo carlistas, juanistas, bastante dependientes de Acción
Española, falangistas y otros varios de acuerdo en instaurar un régimen social cristiano,
basado en la caridad de los ricos y la paciencia de los pobres.
De este último grupo surgiría la Asociación Católica Nacional de Propagandistas de acuerdo,
como todos los anteriores, en la confesionalidad y el autoritarismo y en un nacionalismo
español excluyente de cualquiera que pretendiera derechos propios. Hablaban de buscar el
orden social en la defensa de la familia y la propiedad privada aunque defendieron el
intervencionismo en sectores clave y siempre todo desde una perspectiva antiliberal y
anticomunista.
Había matices que les diferenciaban entre sí como el monarquismo y cierto interés en la
representación de municipios y regímenes históricos (carlistas) monárquicos autoritarios
(juanistas) , fascistas, aunque siempre sometidos a Franco una vez desaparecido su
fundador (falangistas), católicos y con cierta experiencia administrativa previa a la guerra
(ACN de P) $que afirmaban buscar una apertura del Régimen desde dentro, lo que
provocaba cierta inquietud en los otros, aunque estuvieron con Franco hasta el final. Y, en fin,
grupos profesionales sin adscripción política clara pero sí autoritarios, anticomunistas,
antiliberales y sobre todo, muy fieles a Franco caso de los jefes y oficiales del ejército y los
miembros del clero.
El temor a una nueva guerra civil y la represión y el miedo que cundió entre los republicanos
supervivientes produjo una gran estabilidad interior: el orden público y un ejercicio estricto de
la autoridad junto al catolicismo del régimen sentarían las bases del apoyo a Franco.
Así entre los pequeños y medianos propietarios agrícolas a los que, además, se añadía el
gran respeto por la propiedad, de Castilla –León , Cantabria, Navarra… pero también de
Valencia o Alicante. También apoyarían a Franco las clases medias urbanas de las pequeñas
y medianas ciudades que no estaban en condiciones de exigir nada que no fuera trabajo y
fuertemente desmoralizadas por la derrota cuando no fieles apoyos de Franco.
Especialmente importantes serían los empresarios y financieros, el clero y el ejército mucho
menos numerosos (más de la mitad de la población vivía en el campo)pero con una
capacidad mayor de estabilizar el régimen.
Los militares aseguraban materialmente la fuerza y su presencia se hacía sentir en toda la
sociedad con el desarrollo de una mentalidad y disciplina jerárquicas, el apoyo popular por
los desfiles y los uniformes, etc. Dentro de ellos había diferencias pero todos acababan por
apoyar a Franco por más que fueran tradicionalistas (Varela), falangistas (Yagüe) o juanistas
(Vigón). Apreciaban de él su capacidad para defender España y si bien no eran los creadores
de la teoría del caudillaje sí la aceptaron entre otras cosas porque se vieron muy favorecidos
por ella: hasta 1945 el 45% de los nombramientos ministeriales fue para militares y un 36%
de los altos cargos políticos. Sus salarios no eran muy altos pero tenían grandes ventajas
cotidianas: casas propias, economatos donde encontraban productos que sólo había en el
mercado negro, colegios especiales, asistentes gratuitos.
El otro gran grupo fundamental en el primer momento son los clérigos especialmente
agradecidos a Franco pues, en muchos casos, les había salvado, literalmente, la vida . El
Estado, además, reconstruyó los templos y los colegios, se proclamó confesional y prohibió
otras religiones, hizo obligatoria la enseñanza de la religión, e, incluso los arzobispos y el
primado fueron consultados para la política a seguir que ellos estimaban debiera ser
contraria a los nazis condenados por el Papa. En general se facilitaba la llegada del mensaje
cristiano a los hogares a través de los medios de comunicación social aunque a riesgo de
identificarse con el Régimen y hacer del antifranquismo un anticlericalismo, al menos en esta
primera fase.
La evolución política de la dictadura franquista durante el periodo que va del final de la guerra
civil (1939) al plan de estabilización (1959), está fuertemente condicionada por la evolución
de la política exterior. El apoyo recibido por las potencias del Eje durante la Guerra Civil y el
inmediato estallido de la II Guerra Mundial determinó el alineamiento del régimen a favor de
éstas y el modelado, bajo fórmulas fascistas, del nuevo Estado. Los avatares de la guerra
llevaron a España a adoptar una posición inicial de neutralidad en el conflicto –aunque con
profundas simpatías por las potencias fascistas con las que se unirá en el pacto anti-
Komintern en 1939–, para pasar en 1940 a una no-beligerancia cercana a la intervención –en
un modelo semejante al seguido por Italia en su entrada en la guerra–, retornando en 1943 a
la neutralidad, como consecuencia de los avances militares de los Aliados. El triunfo de las
potencias democráticas y de la URSS en la Guerra Mundial provocó el aislamiento
internacional del régimen, cerrándose su frontera con Francia en 1946 y siendo condenado
por la recién nacida ONU ese mismo año. Como consecuencia de esa condena, los
embajadores extranjeros abandonaron Madrid, con la excepción de Irlanda, Suiza, Portugal,
Argentina y el Vaticano.
Con posterioridad, el enfrentamiento entre los antiguos aliados durante la Guerra Fría
permitirá al régimen de Franco salir de su postración internacional, valorándose su decidida
posición anticomunista. España firmará unos convenios de defensa con los EEUU en 1953,
el mismo año en que se signará un nuevo Concordato con la Santa Sede y en el que se
levantará la resolución condenatoria de la ONU, organización en la que España entrará en
1955.
Todas estas circunstancias tendrán su reflejo en la organización política y legal del régimen.
El conjunto de Leyes Fundamentales del franquismo no responden a una determinada
concepción del poder, sino que más bien son el intento de adecuar la organización legal del
Estado a las circunstancias del momento. Durante la Guerra Civil y hasta 1942, la legislación
franquista va a mostrar los vínculos que unían al régimen con el fascismo. Así, El Fuero del
Trabajo de 1938 definía a España como un Estado nacionalsindicalista, el ideal de Falange,
regulaba las relaciones en el mundo del trabajo y creaba el Sindicato Vertical, modelo fascista
de sindicación que reunía a empresarios y trabajadores en una misma organización y que fue
entregado a la Falange. Junto a esta norma, el periodo comprendido entre 1939 y 1942 vio
la consolidación legal de un duro sistema represivo por medio de las leyes de
Responsabilidades Políticas (1939), de Represión del Comunismo y la Masonería (1940) y de
Seguridad del Estado (1941).
La evolución de la II Guerra Mundial favorable a las posiciones aliadas, determinó el
abandono de las formas fascistas y el intento de asemejar el régimen a las triunfantes
democracias norteamericana y británica, sin renunciar por ello Franco a su poder personal.
Así, en 1942 se aprobará la ley constitutiva de Cortes, que pretendía dar la imagen de una
división de poderes y de representatividad social creando unas Cortes con más de
quinientos procuradores, la mayoría de ellos nombrados directamente por el dictador.
El resultado del conflicto mundial forzó al franquismo a insistir en su intento de homologarse
con las fórmulas democráticas. En 1945 se aprobará el Fuero de los Españoles, en
apariencia una declaración de derechos, pero que sancionaba un régimen autoritario, de
carácter confesional y derechos limitados. También se aprobará ese año la Ley de
Referéndum, tratando de demostrar que en España estaba reconocido el sufragio universal.
Utilizando esta ley, se sometería a referéndum la Ley de Sucesión, que declaraba a España
reino, confirmando a Franco como Jefe vitalicio del Estado y otorgándole la posibilidad de
designar a su sucesor a título de rey. La ley sería aprobada por más del 93% de los votantes,
con apenas un 18% de abstención, en una votación donde se recurrió al «pucherazo».
Una vez superado el aislamiento, consecuencia de la cercanía del franquismo a las potencias
del Eje, el franquismo recuperaba parte de la retórica falangista en la Ley de Principios del
Movimiento Nacional de 1958, donde se definía a España como una «unidad de destino en
lo universal», una monarquía católica, social y representativa. «La Falange había ido
disolviéndose gradualmente en el Movimiento, definido no ya como un partido único, sino
como una “comunión” de principios, integradora de la pluralidad del régimen », en palabras
de Juan Pablo Fusi.
Cinco son las etapas que Juan Carlos Pereira y Pedro Martínez hacen de las relaciones
internacionales hasta 1957. En ellas se amalgaman lo interior con lo exterior y éstos con la
economía. Éstas serán: 1935-45: firme alineamiento con las potencias del Eje. Estructura
autoritaria y modelo económico autárquico. Oscilación entre neutralidad y no beligerancia
con una intervención directa en el conflicto mundial. En abril y mayo de 1944, ante el cambio
en la guerra a favor de los aliados, Franco se inclina hacia estos últimos.
1945-1949: a pesar del cambio y por su antigua inclinación fascista, el Régimen es
condenado a un duro aislamiento internacional especialmente en los cinco años que siguen
a la finalización del conflicto. Franco se ve obligado para mantenerse a cambios importantes
como la configuración del país como un reino y el mayor peso de los católicos sobre los
falangistas. La Guerra Fría cambiará la actitud hacia España.
1950-1953: el eje Madrid-Roma-Washington se convierte en objetivo prioritario del estado
español al que ayuda mucho la actitud norteamericana influida por el contexto internacional.
El Régimen se liberaliza progresivamente desde el punto de vista económico y todo ello
permite la firma de dos tratados internacionales: el Concordato con el Vaticano (agosto 1953)
y los pactos económico militares con los Estados Unidos (septiembre de 1953).
1953-1957: España, tras la doble firma, inicia una campaña para ingresar en los organismos
internacionales culminada con el ingreso en la ONU en 1955. Además soluciona el problema de Marruecos con la independencia de este territorio y relanza con fuerza la cuestión de
Gibraltar.
El exilio.
Se caracteriza por las siguientes notas:
a. Defensa de la legalidad republicana.
b. Único exilio masivo español hacia Latinoamérica tras las independencias del s. XIX.
c. Exilio del pueblo pero también del gobierno y las instituciones que no se disolverán hasta
el 21 de junio de 1977.
Encuadrado dentro de otros típicos de la Europa del s. XX como el que sigue a la subida al
poder de los fascismos italiano y alemán o a la revolución soviética. Se diferenciará de ellos
por la resistencia de los españoles a perder sus señas de identidad.
Elevado nivel cultural especialmente en los campos de la ciencia y la poesía (casi toda la
generación del 27 forma parte de él: Cernuda, Salinas, Alberti).
Francia y México son los dos puntos clave en el destino de los españoles de tal forma que se
ha hablado de dos exilios distintos: el francés popular (emigración obrera y sindical) y el
americano, pequeño-burgués con el que se relacionan la mayor parte de los intelectuales
exiliados.
Igualmente los emigrados a ambos países pasan por una situación distinta: en Francia llegan
a campos de concentración y toman parte activa del conflicto europeo al integrarse en la
resistencia contra los nazis. Cuando acaba la Guerra, los supervivientes rehacen su vida en el
Sur del país.
En México el presidente Lázaro Cárdenas, que apoyaba el gobierno de la II República y no
reconoció nunca a Franco, les hizo un gran recibimiento creando incluso centros académicos
y docentes para que los exiliados pudieran ofrecer una importante aportación intelectual.
A pesar de ello ambos exilios tienen un objetivo común: restablecimiento en España de la
libertad y la democracia. Este proceso pasa por cuatro fases:
a.1939-1950: dos polos fundamentales: Negrín en Londres y Prieto en México. Consiguen
que el reconocimiento oficial no caiga del lado de Franco.
b.1959-1962: reconocimiento internacional del régimen franquista.
c.1962-1969: colaboración entre exiliados y oposición interior al régimen de Franco. Por
ejemplo a través de revista , muchas de las cuales se editaban en París como los Cuadernos
del Ruedo Ibérico. Por la evolución de las protestas en España, el exilio pasa a depender de
la oposición interior.
d.1969-1977: se va recuperando lentamente el exilio con la vuelta a España de los que se
marcharon. El 21 de junio de 1977 se disuelve el gobierno español en el exilio.
Alemania nazi o la Italia fascista.
Parece claro que Franco tenía claro lo que España no debería ser: oposición a la libertad de
expresión y a los partidos en nombre del antiliberalismo que conducía a la disolución social y,
en último término, preparaba la llegada del comunismo, el verdadero causante de la guerra
civil y de las dificultades que el Franquismo encontraba en el exterior. Denuncia hasta los
años 60 de un pacto entre la masonería (asimilada al liberalismo y la democracia) con los comunistas para acabar con su régimen. Y todo ello en una época de división del mundo en
dos bloques representados por los supuestos aliados contra Franco.
Los grupos que le apoyaban procedían de distintas ideologías aunque tenían rasgos en
común: tradicionalistas, sobre todo carlistas, juanistas, bastante dependientes de Acción
Española, falangistas y otros varios de acuerdo en instaurar un régimen social cristiano,
basado en la caridad de los ricos y la paciencia de los pobres.
De este último grupo surgiría la Asociación Católica Nacional de Propagandistas de acuerdo,
como todos los anteriores, en la confesionalidad y el autoritarismo y en un nacionalismo
español excluyente de cualquiera que pretendiera derechos propios. Hablaban de buscar el
orden social en la defensa de la familia y la propiedad privada aunque defendieron el
intervencionismo en sectores clave y siempre todo desde una perspectiva antiliberal y
anticomunista.
Había matices que les diferenciaban entre sí como el monarquismo y cierto interés en la
representación de municipios y regímenes históricos (carlistas) monárquicos autoritarios
(juanistas) , fascistas, aunque siempre sometidos a Franco una vez desaparecido su
fundador (falangistas), católicos y con cierta experiencia administrativa previa a la guerra
(ACN de P) $que afirmaban buscar una apertura del Régimen desde dentro, lo que
provocaba cierta inquietud en los otros, aunque estuvieron con Franco hasta el final. Y, en fin,
grupos profesionales sin adscripción política clara pero sí autoritarios, anticomunistas,
antiliberales y sobre todo, muy fieles a Franco caso de los jefes y oficiales del ejército y los
miembros del clero.
El temor a una nueva guerra civil y la represión y el miedo que cundió entre los republicanos
supervivientes produjo una gran estabilidad interior: el orden público y un ejercicio estricto de
la autoridad junto al catolicismo del régimen sentarían las bases del apoyo a Franco.
Así entre los pequeños y medianos propietarios agrícolas a los que, además, se añadía el
gran respeto por la propiedad, de Castilla –León , Cantabria, Navarra… pero también de
Valencia o Alicante. También apoyarían a Franco las clases medias urbanas de las pequeñas
y medianas ciudades que no estaban en condiciones de exigir nada que no fuera trabajo y
fuertemente desmoralizadas por la derrota cuando no fieles apoyos de Franco.
Especialmente importantes serían los empresarios y financieros, el clero y el ejército mucho
menos numerosos (más de la mitad de la población vivía en el campo)pero con una
capacidad mayor de estabilizar el régimen.
Los militares aseguraban materialmente la fuerza y su presencia se hacía sentir en toda la
sociedad con el desarrollo de una mentalidad y disciplina jerárquicas, el apoyo popular por
los desfiles y los uniformes, etc. Dentro de ellos había diferencias pero todos acababan por
apoyar a Franco por más que fueran tradicionalistas (Varela), falangistas (Yagüe) o juanistas
(Vigón). Apreciaban de él su capacidad para defender España y si bien no eran los creadores
de la teoría del caudillaje sí la aceptaron entre otras cosas porque se vieron muy favorecidos
por ella: hasta 1945 el 45% de los nombramientos ministeriales fue para militares y un 36%
de los altos cargos políticos. Sus salarios no eran muy altos pero tenían grandes ventajas
cotidianas: casas propias, economatos donde encontraban productos que sólo había en el
mercado negro, colegios especiales, asistentes gratuitos.
El otro gran grupo fundamental en el primer momento son los clérigos especialmente
agradecidos a Franco pues, en muchos casos, les había salvado, literalmente, la vida . El
Estado, además, reconstruyó los templos y los colegios, se proclamó confesional y prohibió
otras religiones, hizo obligatoria la enseñanza de la religión, e, incluso los arzobispos y el
primado fueron consultados para la política a seguir que ellos estimaban debiera ser
contraria a los nazis condenados por el Papa. En general se facilitaba la llegada del mensaje
cristiano a los hogares a través de los medios de comunicación social aunque a riesgo de
identificarse con el Régimen y hacer del antifranquismo un anticlericalismo, al menos en esta
primera fase.
La evolución política de la dictadura franquista durante el periodo que va del final de la guerra
civil (1939) al plan de estabilización (1959), está fuertemente condicionada por la evolución
de la política exterior. El apoyo recibido por las potencias del Eje durante la Guerra Civil y el
inmediato estallido de la II Guerra Mundial determinó el alineamiento del régimen a favor de
éstas y el modelado, bajo fórmulas fascistas, del nuevo Estado. Los avatares de la guerra
llevaron a España a adoptar una posición inicial de neutralidad en el conflicto –aunque con
profundas simpatías por las potencias fascistas con las que se unirá en el pacto anti-
Komintern en 1939–, para pasar en 1940 a una no-beligerancia cercana a la intervención –en
un modelo semejante al seguido por Italia en su entrada en la guerra–, retornando en 1943 a
la neutralidad, como consecuencia de los avances militares de los Aliados. El triunfo de las
potencias democráticas y de la URSS en la Guerra Mundial provocó el aislamiento
internacional del régimen, cerrándose su frontera con Francia en 1946 y siendo condenado
por la recién nacida ONU ese mismo año. Como consecuencia de esa condena, los
embajadores extranjeros abandonaron Madrid, con la excepción de Irlanda, Suiza, Portugal,
Argentina y el Vaticano.
Con posterioridad, el enfrentamiento entre los antiguos aliados durante la Guerra Fría
permitirá al régimen de Franco salir de su postración internacional, valorándose su decidida
posición anticomunista. España firmará unos convenios de defensa con los EEUU en 1953,
el mismo año en que se signará un nuevo Concordato con la Santa Sede y en el que se
levantará la resolución condenatoria de la ONU, organización en la que España entrará en
1955.
Todas estas circunstancias tendrán su reflejo en la organización política y legal del régimen.
El conjunto de Leyes Fundamentales del franquismo no responden a una determinada
concepción del poder, sino que más bien son el intento de adecuar la organización legal del
Estado a las circunstancias del momento. Durante la Guerra Civil y hasta 1942, la legislación
franquista va a mostrar los vínculos que unían al régimen con el fascismo. Así, El Fuero del
Trabajo de 1938 definía a España como un Estado nacionalsindicalista, el ideal de Falange,
regulaba las relaciones en el mundo del trabajo y creaba el Sindicato Vertical, modelo fascista
de sindicación que reunía a empresarios y trabajadores en una misma organización y que fue
entregado a la Falange. Junto a esta norma, el periodo comprendido entre 1939 y 1942 vio
la consolidación legal de un duro sistema represivo por medio de las leyes de
Responsabilidades Políticas (1939), de Represión del Comunismo y la Masonería (1940) y de
Seguridad del Estado (1941).
La evolución de la II Guerra Mundial favorable a las posiciones aliadas, determinó el
abandono de las formas fascistas y el intento de asemejar el régimen a las triunfantes
democracias norteamericana y británica, sin renunciar por ello Franco a su poder personal.
Así, en 1942 se aprobará la ley constitutiva de Cortes, que pretendía dar la imagen de una
división de poderes y de representatividad social creando unas Cortes con más de
quinientos procuradores, la mayoría de ellos nombrados directamente por el dictador.
El resultado del conflicto mundial forzó al franquismo a insistir en su intento de homologarse
con las fórmulas democráticas. En 1945 se aprobará el Fuero de los Españoles, en
apariencia una declaración de derechos, pero que sancionaba un régimen autoritario, de
carácter confesional y derechos limitados. También se aprobará ese año la Ley de
Referéndum, tratando de demostrar que en España estaba reconocido el sufragio universal.
Utilizando esta ley, se sometería a referéndum la Ley de Sucesión, que declaraba a España
reino, confirmando a Franco como Jefe vitalicio del Estado y otorgándole la posibilidad de
designar a su sucesor a título de rey. La ley sería aprobada por más del 93% de los votantes,
con apenas un 18% de abstención, en una votación donde se recurrió al «pucherazo».
Una vez superado el aislamiento, consecuencia de la cercanía del franquismo a las potencias
del Eje, el franquismo recuperaba parte de la retórica falangista en la Ley de Principios del
Movimiento Nacional de 1958, donde se definía a España como una «unidad de destino en
lo universal», una monarquía católica, social y representativa. «La Falange había ido
disolviéndose gradualmente en el Movimiento, definido no ya como un partido único, sino
como una “comunión” de principios, integradora de la pluralidad del régimen », en palabras
de Juan Pablo Fusi.
Cinco son las etapas que Juan Carlos Pereira y Pedro Martínez hacen de las relaciones
internacionales hasta 1957. En ellas se amalgaman lo interior con lo exterior y éstos con la
economía. Éstas serán: 1935-45: firme alineamiento con las potencias del Eje. Estructura
autoritaria y modelo económico autárquico. Oscilación entre neutralidad y no beligerancia
con una intervención directa en el conflicto mundial. En abril y mayo de 1944, ante el cambio
en la guerra a favor de los aliados, Franco se inclina hacia estos últimos.
1945-1949: a pesar del cambio y por su antigua inclinación fascista, el Régimen es
condenado a un duro aislamiento internacional especialmente en los cinco años que siguen
a la finalización del conflicto. Franco se ve obligado para mantenerse a cambios importantes
como la configuración del país como un reino y el mayor peso de los católicos sobre los
falangistas. La Guerra Fría cambiará la actitud hacia España.
1950-1953: el eje Madrid-Roma-Washington se convierte en objetivo prioritario del estado
español al que ayuda mucho la actitud norteamericana influida por el contexto internacional.
El Régimen se liberaliza progresivamente desde el punto de vista económico y todo ello
permite la firma de dos tratados internacionales: el Concordato con el Vaticano (agosto 1953)
y los pactos económico militares con los Estados Unidos (septiembre de 1953).
1953-1957: España, tras la doble firma, inicia una campaña para ingresar en los organismos
internacionales culminada con el ingreso en la ONU en 1955. Además soluciona el problema de Marruecos con la independencia de este territorio y relanza con fuerza la cuestión de
Gibraltar.
El exilio.
Se caracteriza por las siguientes notas:
a. Defensa de la legalidad republicana.
b. Único exilio masivo español hacia Latinoamérica tras las independencias del s. XIX.
c. Exilio del pueblo pero también del gobierno y las instituciones que no se disolverán hasta
el 21 de junio de 1977.
Encuadrado dentro de otros típicos de la Europa del s. XX como el que sigue a la subida al
poder de los fascismos italiano y alemán o a la revolución soviética. Se diferenciará de ellos
por la resistencia de los españoles a perder sus señas de identidad.
Elevado nivel cultural especialmente en los campos de la ciencia y la poesía (casi toda la
generación del 27 forma parte de él: Cernuda, Salinas, Alberti).
Francia y México son los dos puntos clave en el destino de los españoles de tal forma que se
ha hablado de dos exilios distintos: el francés popular (emigración obrera y sindical) y el
americano, pequeño-burgués con el que se relacionan la mayor parte de los intelectuales
exiliados.
Igualmente los emigrados a ambos países pasan por una situación distinta: en Francia llegan
a campos de concentración y toman parte activa del conflicto europeo al integrarse en la
resistencia contra los nazis. Cuando acaba la Guerra, los supervivientes rehacen su vida en el
Sur del país.
En México el presidente Lázaro Cárdenas, que apoyaba el gobierno de la II República y no
reconoció nunca a Franco, les hizo un gran recibimiento creando incluso centros académicos
y docentes para que los exiliados pudieran ofrecer una importante aportación intelectual.
A pesar de ello ambos exilios tienen un objetivo común: restablecimiento en España de la
libertad y la democracia. Este proceso pasa por cuatro fases:
a.1939-1950: dos polos fundamentales: Negrín en Londres y Prieto en México. Consiguen
que el reconocimiento oficial no caiga del lado de Franco.
b.1959-1962: reconocimiento internacional del régimen franquista.
c.1962-1969: colaboración entre exiliados y oposición interior al régimen de Franco. Por
ejemplo a través de revista , muchas de las cuales se editaban en París como los Cuadernos
del Ruedo Ibérico. Por la evolución de las protestas en España, el exilio pasa a depender de
la oposición interior.
d.1969-1977: se va recuperando lentamente el exilio con la vuelta a España de los que se
marcharon. El 21 de junio de 1977 se disuelve el gobierno español en el exilio.
14.6. La dimensión política e internacional del conflicto. Las consecuencias de la guerra.
El primer efecto del golpe de estado de julio del 36 es la caída del gobierno de Casares
Quiroga que se produce como consecuencia de divergencias en el seno del Frente Popular y
entre éste y los más radicales sectores de las organizaciones obreras por la necesidad o no
de que se armaran a éstas para parar el golpe de los militares, algo que se acabaría
haciendo para disgusto de los partidos menos radicales del Frente Popular.
Se produce así una dualidad de poderes en el país: por un lado el formal en las instituciones
republicanas y el real en manos de sectores anarcosindicalistas, socialistas y comunistas
radicales y armados. La llegada al poder de Francisco Largo Caballero en septiembre del 36,
procedente del ala izquierda del PSOE y la UGT supone reorientar esta dualidad hacia un
solo poder legítimo, democrático y parlamentario que permitiera afrontar una guerra a largo
plazo.
La primavera del año siguiente, 1937, trae importantes enfrentamientos en Cataluña entre
anarcosindicalistas y trotskistas (POUM) por un lado y los partidos sustentantes del gobierno
de la Generalitat que conseguirá imponerse a ellos. Consecuencia de esta pugna interna es
también la sustitución de Largo Caballero por Negrín al frente del gobierno republicano.
La entrada de éste significa el predominio práctico de los comunistas en el gobierno que son
los que marcan la pauta priorizando la victoria en la Guerra sobre cualquier tipo de
consideración. A pesar de ello Negrín intentó, también, acabar con el conflicto en sus
famosos 13 puntos de mayo del 38 que iban desde la amnistía y la salida de las tropas
extranjeras a reformas sociales como la agraria. La oposición a la idea comunista iría
creciendo también, sobre todo en la zona centro como se vería en el golpe Casado-Besteiro,
especialmente después de la batalla del Ebro.
El fracaso parcial del golpe de estado obligará a los militares a organizarse por lo que crean
una Junta de Defensa Nacional, presidida, significativamente por Cabanellas, el general de
mayor rango: se procederá, entonces, a destituir a todos los cargos públicos republicanos y
a disolver partidos políticos y sindicatos.
A pesar de esta unificación había tres focos de poder bien diferenciados: Franco y el ejército
de Africa, Queipo de Llano máximo dirigente en la zona Sur y Mola, organizador y dirigente
en el Norte. De aquí se pasará al ascenso de Franco a la Jefatura del Estado hecho
producido sin excesivos problemas (aunque con ciertas dosis de intriga política) ya que éste
disponía del ejército más decisivo, el africano; contaba con el apoyo de los generales
monárquicos una vez fallecido Sanjurjo el destinado a dirigir la rebelión y, además, se
pensaba que la duración de la Guerra sería corta.
Llegado así Franco, en septiembre del 36, a la Jefatura del estado pronto encaminó sus
pasos a construir un “Nuevo Estado, disciplinando los partidos existentes en la zona e iniciando un culto personal traducido en su denominación como “caudillo” de las tropas
sublevadas.
El hecho más importante en esta primera etapa será la constitución del partido único. En
este nuevo partido Falange jugará un papel fundamental: había movilizado voluntarios al
frente y la retaguardia, utilizaba la prensa y la propaganda y finalmente era imprescindible
para mantener el contacto con fuerzas del exterior en Alemania e Italia, puntos donde se
aprovisionaba Franco de armamento militar.
Así en los primeros meses de 1937 Franco da un decreto unificador creando la Falange
Española Tradicionalista de las JONS bajo su propio mando, excluyendo de paso cualquier
otra formación política e, incluso, eliminando cualquier disidencia interna en el seno de los
partidos fusionados.
Cuatro son las etapas que se pueden distinguir en la actuación extranjera en la Península:
Julio-septiembre del 36: se caracteriza por la desigualdad: mientras que los alemanes e
italianos apoyan rápidamente con hombres y material a Franco (aviones alemanes ayudan a
traer a la Península las tropas profesionales españolas y los musulmanes del Norte de África
(75.000 hombres) básicos para el avance del ejército sublevado), los teóricos apoyos de los
republicanos, las democracias de Francia y Gran Bretaña promueven el Comité para la no
intervención cuya misión teórica era impedir que se cumplieran los embargos de armas y
hombres, comité que resultó ser una farsa ya que la mayoría de sus integrantes eran los que
mandaban hombres y materiales a la Guerra
Septiembre del 36-enero del 37: hay una mayor igualdad de ayudas que ahora son muy
importantes: 8.000 soldados alemanes (entre ellos los célebres aviadores de la Legión
Cóndor) e italianos para los rebeldes; entre 20 y 35.000 (según autores) miembros de las
Brigadas Internacionales (la mayoría miembros reclutados por los partidos comunistas
europeos destacando por su número los franceses) que contribuyen decisivamente a que el
gobierno no pierda Madrid lo que hubiera supuesto el final rápido de la Guerra. Es la época
en que en este bando aparecen los consejeros soviéticos, escasos en número pero que
tienen mucho poder ya que son los barcos de su país los que traen la principal ayuda a la
República.
Enero del 37-julio 37: se incrementa el número de italianos que llegó a ser de 40.000
estables. Se les denominaba CTV (Cuerpo de tropas voluntarias, aunque muchos no lo eran)
y participaron en batallas tan importantes como la que se libró en Guadalajara para cerrar el
cerco de Madrid. En el bando republicano se mantiene la ayuda soviética mientras Francia
cierra su frontera con España impidiendo la llegada de ayudas.
Julio del 37- abril del 39: la frontera se abre y se cierra al ritmo de cuestiones internas, la
caída del País Vasco, o externas, el progreso en Europa del fascismo de Hitler. Mientras la
ayuda soviética decae y se mantiene el apoyo de alemanes e italianos que durará hasta
finales de la Guerra. Por el contrario, los franceses, viendo a los republicanos perdidos, dejan
de apoyarles y entablan negociaciones para el reconocimiento de Franco.
Las razones de la actuación internacional de estas cinco potencias son muy variadas:
Gran Bretaña: tiene grandes intereses económicos, especialmente en la minería de hierro en
España. No desea ningún problema en Gibraltar ni, en general, que lo haya en el continente
que impidan el desarrollo de sus negocios, razón por la cual llegarán a pactar con Hitler
(Munich septiembre del 38) pues sólo les preocupa aislar a los comunistas soviéticos.
Francia: otro posible aliado de la República. Tiene miedo, por la proximidad geográfica, a que
triunfe Franco o a que triunfen los comunistas ya que ve a los republicanos incapaces de
resolver ellos solos el conflicto. Tiene, además, importantes intereses mineros en nuestro
país y no olvida que es paso imprescindible para el Norte de África. Por todo ello prefiere no
comprometerse excesivamente en el conflicto.
Alemania: tiene afinidades ideológicas con Franco y piensa que si éste gana va a obtener
mayores facilidades para conseguir hierro español básico para la guerra que espera
desencadenar en el futuro por toda Europa. Además el triunfo rebelde aislaría más a Francia
y podría conquistarla antes de empezar su verdadero objetivo que es su expansión hacia el
este. Por ello no teniendo nada que perder apoya decididamente a Franco.
Italia: caso muy parecido a Alemania. Su régimen fascista es muy parecido al posible futuro
de Franco y espera, también, sacar ventajas económicas de la victoria nacional. Además
está muy interesada en todo lo que suceda en el Mediterráneo que es la zona que le ha
tocado en el reparto que ellos y los alemanes han hecho de Europa. De hecho su ayuda
comienza primero en las Baleares para extenderse después a toda la Península.
URSS: no tiene un interés estratégico grande ya que vigila los pasos de Hitler en el este. Aún
así la Internacional Comunista favorece todas las iniciativas que puedan acabar con los
regímenes fascistas allá donde aparezcan incluso si para ello, como es el caso español, hay
que colaborar con otros partidos organizando agrupaciones electorales conocidas como
Frentes Populares. Como alemanes e italianos, no tienen grandes intereses económicos
como no sean las buenas reservas de minerales que los españoles podían aportarles en el
caso de una futura guerra en Europa. Por lo demás parece que obtuvieron importantes
sumas de dinero de sus ventas de armamentos a los republicanos españoles que tuvieron
que vender a cambio todas las reservas de oro que había en España, dinero que se conoció
durante el franquismo como el “oro de Moscú” aludiendo a que ese dinero no era
contrapartida de nada sino un robo que los soviéticos habían perpetrado en nuestro país.
El balance de víctimas de la Guerra Civil se sitúa en 300.000 es decir muy lejos del millón de
muertos del que tanto tiempo se habló. De ellos la mitad correspondería al frente de batalla y
la otra mitad a la retaguardia.
Así en la zona rebelde se fusilaron a militantes y simpatizantes de partidos de izquierda o
sindicatos, a numerosos maestros (representantes del laicismo republicano) a intelectuales e
incluso a sacerdotes (vascos) próximos al nacionalismo.
Los republicanos, especialmente en el descontrolado verano del 36 acabaron con personas
conocidas por su ideología conservadora o sus ideas religiosas, a militantes de partidos de la
derecha, a militares sospechosos de golpismo y a un gran número de sacerdotes y religiosos
(más de 5.000).
Destacan hechos como la represión de Badajoz o los fusilamientos de Paracuellos del
Jarama con los presos sacados de las cárceles de Madrid. Esta eliminación física del
adversario continuaría una vez acabada la Guerra con un número aún en discusión pero que
se establece entre 25 y 30.000 presos en juicios más o menos sumarios.
Además los vencedores depuran la Administración y sancionan económicamente o separan
de ella a numerosos funcionarios de todas las categorías: profesores universitarios (hasta un
tercio), jueces, fiscales o diplomáticos entre los más relevantes y maestros y funcionarios de
correos entre los de menor rango. En ambos casos se convocaron nuevas oposiciones para
cubrir los huecos dejados por la represión con militantes fieles al nuevo estado.
Se calcula, finalmente que alrededor de medio millón de personas marcharon al exilio
(165.000 de forma definitiva) y 300.000 inundaron las cárceles franquistas y los campos de
concentración. Un 10% seguía allí en fecha tan avanzada como 1950.
Las destrucciones materiales, viviendas, ferrocarriles, carreteras, fueron muy numerosas con
lo que el Producto Interior Bruto cayó en todos los sectores y con él la Renta per Cápita que
tuvo que esperar a los años 50 para recobrar los niveles anteriores a la Guerra.
Por lo demás quedaba la deuda de guerra. Los republicanos habían pagado en efectivo (con
el oro y las divisas del Banco de España) pero los sublevados se endeudaron fuertemente
con Italia y Alemania aunque en este último caso un mecanismo comercial de compensación
permitió una mayor facilidad en los pagos.
Desde otro punto de vista se produjo la exaltación de Franco al poder en el cual
permanecería cuarenta años. Igualmente la Guerra supuso el fracaso de un reformismo
modernizador que había aspirado a europeizar España en la idea de la modernización social,
el progreso económico y la democratización política.
Sin embargo el mayor drama de la Guerra fue su permanencia en la mente de todos los
españoles dividiéndoles en vencedores y vencidos hasta los momentos iniciales de la
monarquía democrática.
Quiroga que se produce como consecuencia de divergencias en el seno del Frente Popular y
entre éste y los más radicales sectores de las organizaciones obreras por la necesidad o no
de que se armaran a éstas para parar el golpe de los militares, algo que se acabaría
haciendo para disgusto de los partidos menos radicales del Frente Popular.
Se produce así una dualidad de poderes en el país: por un lado el formal en las instituciones
republicanas y el real en manos de sectores anarcosindicalistas, socialistas y comunistas
radicales y armados. La llegada al poder de Francisco Largo Caballero en septiembre del 36,
procedente del ala izquierda del PSOE y la UGT supone reorientar esta dualidad hacia un
solo poder legítimo, democrático y parlamentario que permitiera afrontar una guerra a largo
plazo.
La primavera del año siguiente, 1937, trae importantes enfrentamientos en Cataluña entre
anarcosindicalistas y trotskistas (POUM) por un lado y los partidos sustentantes del gobierno
de la Generalitat que conseguirá imponerse a ellos. Consecuencia de esta pugna interna es
también la sustitución de Largo Caballero por Negrín al frente del gobierno republicano.
La entrada de éste significa el predominio práctico de los comunistas en el gobierno que son
los que marcan la pauta priorizando la victoria en la Guerra sobre cualquier tipo de
consideración. A pesar de ello Negrín intentó, también, acabar con el conflicto en sus
famosos 13 puntos de mayo del 38 que iban desde la amnistía y la salida de las tropas
extranjeras a reformas sociales como la agraria. La oposición a la idea comunista iría
creciendo también, sobre todo en la zona centro como se vería en el golpe Casado-Besteiro,
especialmente después de la batalla del Ebro.
El fracaso parcial del golpe de estado obligará a los militares a organizarse por lo que crean
una Junta de Defensa Nacional, presidida, significativamente por Cabanellas, el general de
mayor rango: se procederá, entonces, a destituir a todos los cargos públicos republicanos y
a disolver partidos políticos y sindicatos.
A pesar de esta unificación había tres focos de poder bien diferenciados: Franco y el ejército
de Africa, Queipo de Llano máximo dirigente en la zona Sur y Mola, organizador y dirigente
en el Norte. De aquí se pasará al ascenso de Franco a la Jefatura del Estado hecho
producido sin excesivos problemas (aunque con ciertas dosis de intriga política) ya que éste
disponía del ejército más decisivo, el africano; contaba con el apoyo de los generales
monárquicos una vez fallecido Sanjurjo el destinado a dirigir la rebelión y, además, se
pensaba que la duración de la Guerra sería corta.
Llegado así Franco, en septiembre del 36, a la Jefatura del estado pronto encaminó sus
pasos a construir un “Nuevo Estado, disciplinando los partidos existentes en la zona e iniciando un culto personal traducido en su denominación como “caudillo” de las tropas
sublevadas.
El hecho más importante en esta primera etapa será la constitución del partido único. En
este nuevo partido Falange jugará un papel fundamental: había movilizado voluntarios al
frente y la retaguardia, utilizaba la prensa y la propaganda y finalmente era imprescindible
para mantener el contacto con fuerzas del exterior en Alemania e Italia, puntos donde se
aprovisionaba Franco de armamento militar.
Así en los primeros meses de 1937 Franco da un decreto unificador creando la Falange
Española Tradicionalista de las JONS bajo su propio mando, excluyendo de paso cualquier
otra formación política e, incluso, eliminando cualquier disidencia interna en el seno de los
partidos fusionados.
Cuatro son las etapas que se pueden distinguir en la actuación extranjera en la Península:
Julio-septiembre del 36: se caracteriza por la desigualdad: mientras que los alemanes e
italianos apoyan rápidamente con hombres y material a Franco (aviones alemanes ayudan a
traer a la Península las tropas profesionales españolas y los musulmanes del Norte de África
(75.000 hombres) básicos para el avance del ejército sublevado), los teóricos apoyos de los
republicanos, las democracias de Francia y Gran Bretaña promueven el Comité para la no
intervención cuya misión teórica era impedir que se cumplieran los embargos de armas y
hombres, comité que resultó ser una farsa ya que la mayoría de sus integrantes eran los que
mandaban hombres y materiales a la Guerra
Septiembre del 36-enero del 37: hay una mayor igualdad de ayudas que ahora son muy
importantes: 8.000 soldados alemanes (entre ellos los célebres aviadores de la Legión
Cóndor) e italianos para los rebeldes; entre 20 y 35.000 (según autores) miembros de las
Brigadas Internacionales (la mayoría miembros reclutados por los partidos comunistas
europeos destacando por su número los franceses) que contribuyen decisivamente a que el
gobierno no pierda Madrid lo que hubiera supuesto el final rápido de la Guerra. Es la época
en que en este bando aparecen los consejeros soviéticos, escasos en número pero que
tienen mucho poder ya que son los barcos de su país los que traen la principal ayuda a la
República.
Enero del 37-julio 37: se incrementa el número de italianos que llegó a ser de 40.000
estables. Se les denominaba CTV (Cuerpo de tropas voluntarias, aunque muchos no lo eran)
y participaron en batallas tan importantes como la que se libró en Guadalajara para cerrar el
cerco de Madrid. En el bando republicano se mantiene la ayuda soviética mientras Francia
cierra su frontera con España impidiendo la llegada de ayudas.
Julio del 37- abril del 39: la frontera se abre y se cierra al ritmo de cuestiones internas, la
caída del País Vasco, o externas, el progreso en Europa del fascismo de Hitler. Mientras la
ayuda soviética decae y se mantiene el apoyo de alemanes e italianos que durará hasta
finales de la Guerra. Por el contrario, los franceses, viendo a los republicanos perdidos, dejan
de apoyarles y entablan negociaciones para el reconocimiento de Franco.
Las razones de la actuación internacional de estas cinco potencias son muy variadas:
Gran Bretaña: tiene grandes intereses económicos, especialmente en la minería de hierro en
España. No desea ningún problema en Gibraltar ni, en general, que lo haya en el continente
que impidan el desarrollo de sus negocios, razón por la cual llegarán a pactar con Hitler
(Munich septiembre del 38) pues sólo les preocupa aislar a los comunistas soviéticos.
Francia: otro posible aliado de la República. Tiene miedo, por la proximidad geográfica, a que
triunfe Franco o a que triunfen los comunistas ya que ve a los republicanos incapaces de
resolver ellos solos el conflicto. Tiene, además, importantes intereses mineros en nuestro
país y no olvida que es paso imprescindible para el Norte de África. Por todo ello prefiere no
comprometerse excesivamente en el conflicto.
Alemania: tiene afinidades ideológicas con Franco y piensa que si éste gana va a obtener
mayores facilidades para conseguir hierro español básico para la guerra que espera
desencadenar en el futuro por toda Europa. Además el triunfo rebelde aislaría más a Francia
y podría conquistarla antes de empezar su verdadero objetivo que es su expansión hacia el
este. Por ello no teniendo nada que perder apoya decididamente a Franco.
Italia: caso muy parecido a Alemania. Su régimen fascista es muy parecido al posible futuro
de Franco y espera, también, sacar ventajas económicas de la victoria nacional. Además
está muy interesada en todo lo que suceda en el Mediterráneo que es la zona que le ha
tocado en el reparto que ellos y los alemanes han hecho de Europa. De hecho su ayuda
comienza primero en las Baleares para extenderse después a toda la Península.
URSS: no tiene un interés estratégico grande ya que vigila los pasos de Hitler en el este. Aún
así la Internacional Comunista favorece todas las iniciativas que puedan acabar con los
regímenes fascistas allá donde aparezcan incluso si para ello, como es el caso español, hay
que colaborar con otros partidos organizando agrupaciones electorales conocidas como
Frentes Populares. Como alemanes e italianos, no tienen grandes intereses económicos
como no sean las buenas reservas de minerales que los españoles podían aportarles en el
caso de una futura guerra en Europa. Por lo demás parece que obtuvieron importantes
sumas de dinero de sus ventas de armamentos a los republicanos españoles que tuvieron
que vender a cambio todas las reservas de oro que había en España, dinero que se conoció
durante el franquismo como el “oro de Moscú” aludiendo a que ese dinero no era
contrapartida de nada sino un robo que los soviéticos habían perpetrado en nuestro país.
El balance de víctimas de la Guerra Civil se sitúa en 300.000 es decir muy lejos del millón de
muertos del que tanto tiempo se habló. De ellos la mitad correspondería al frente de batalla y
la otra mitad a la retaguardia.
Así en la zona rebelde se fusilaron a militantes y simpatizantes de partidos de izquierda o
sindicatos, a numerosos maestros (representantes del laicismo republicano) a intelectuales e
incluso a sacerdotes (vascos) próximos al nacionalismo.
Los republicanos, especialmente en el descontrolado verano del 36 acabaron con personas
conocidas por su ideología conservadora o sus ideas religiosas, a militantes de partidos de la
derecha, a militares sospechosos de golpismo y a un gran número de sacerdotes y religiosos
(más de 5.000).
Destacan hechos como la represión de Badajoz o los fusilamientos de Paracuellos del
Jarama con los presos sacados de las cárceles de Madrid. Esta eliminación física del
adversario continuaría una vez acabada la Guerra con un número aún en discusión pero que
se establece entre 25 y 30.000 presos en juicios más o menos sumarios.
Además los vencedores depuran la Administración y sancionan económicamente o separan
de ella a numerosos funcionarios de todas las categorías: profesores universitarios (hasta un
tercio), jueces, fiscales o diplomáticos entre los más relevantes y maestros y funcionarios de
correos entre los de menor rango. En ambos casos se convocaron nuevas oposiciones para
cubrir los huecos dejados por la represión con militantes fieles al nuevo estado.
Se calcula, finalmente que alrededor de medio millón de personas marcharon al exilio
(165.000 de forma definitiva) y 300.000 inundaron las cárceles franquistas y los campos de
concentración. Un 10% seguía allí en fecha tan avanzada como 1950.
Las destrucciones materiales, viviendas, ferrocarriles, carreteras, fueron muy numerosas con
lo que el Producto Interior Bruto cayó en todos los sectores y con él la Renta per Cápita que
tuvo que esperar a los años 50 para recobrar los niveles anteriores a la Guerra.
Por lo demás quedaba la deuda de guerra. Los republicanos habían pagado en efectivo (con
el oro y las divisas del Banco de España) pero los sublevados se endeudaron fuertemente
con Italia y Alemania aunque en este último caso un mecanismo comercial de compensación
permitió una mayor facilidad en los pagos.
Desde otro punto de vista se produjo la exaltación de Franco al poder en el cual
permanecería cuarenta años. Igualmente la Guerra supuso el fracaso de un reformismo
modernizador que había aspirado a europeizar España en la idea de la modernización social,
el progreso económico y la democratización política.
Sin embargo el mayor drama de la Guerra fue su permanencia en la mente de todos los
españoles dividiéndoles en vencedores y vencidos hasta los momentos iniciales de la
monarquía democrática.
14.5. La guerra civil: la sublevación militar y el estallido de la guerra. El desarrollo del conflicto: etapas y evolución en las dos zonas.
No se había previsto la transformación del golpe militar inicial en una guerra civil. Incluso
entre los generales golpistas había numerosas interpretaciones desde la reinstauración
monárquica (Sanjurjo) hasta la república autoritaria (Mola) pero no tanto la dictadura fascista
que, poco a poco, se fue abriendo paso.
Igualmente la República, como se ve en las dudas iniciales en la entrega de armas a los
sindicatos, era un bloque inicialmente homogéneo sino muy dispar entre los partidarios del
parlamentarismo clásico y los más revolucionarios.
La mayor unidad de los rebeldes y las peleas continuas, más o menos soterradas, en el
bando republicano explican en parte la derrota que también tiene razones militares al ser el
ejército de Marruecos el más preparado para el combate y sus jefes los más convencidos de
la victoria final. Vendría entonces una Dictadura destinada a durar suficientes años como
para evitar la vuelta al punto de partida económico y social y a tapar las responsabilidades
penales del bando vencedor
Conspiraciones del ejército existían desde tiempo atrás pero ahora habrá un grupo
notoriamente radicalizado por lo que ellos entendían como degradación de la autoridad y la
agitación continuada en las calles.
El primer paso se da el 8 de marzo del 36 en una reunión en la que entre otros jefes militares
estaban Franco, Mola y Varela donde se decide que el alzamiento no será en nombre de la
República ni de la Monarquía sino en el de España.
Preparados para el 20 de abril tuvieron que aplazar su conspiración por el conocimiento que
el gobierno tenía de ella en unos momentos en los que las propias juventudes de algunos
partidos del Frente Popular (Izquierda Republicana y Unión Republicana) coincidían en la
insostenibilidad de una situación en la que los propios largocaballeristas arremetían contra
Indalecio Prieto.
Casares Quiroga recibe una carta de Franco, que seguía conspirando, donde se le avisa de
la situación que también conocen personas tan dispares como José Antonio Primo de Rivera
o algunos políticos del Frente Popular. Mola, el director, fijará la fecha para mediados de julio
y será la muerte de Calvo-Sotelo el origen último de la sublevación que comenzaría el día 17
en Africa.
La Guerra civil española comienza con un golpe de estado fracasado. Triunfa en zonas
donde la derecha era tradicionalmente fuerte (Castilla-León, Navarra, Baleares), en lugares
donde los generales son más decididos (Zaragoza, Sevilla, Granada) y muy importante en el
Marruecos español. Pero fracasa en sitios bastante destacados: Madrid, lugar donde
estaban las reservas de oro del Banco de España; P. Vasco, Cataluña, Cantabria y Asturias
(salvo Oviedo) sedes industriales españolas y en todo el Este peninsular.
En términos humanos hablamos de 14 y 11 millones respectivamente en zona republicana y
nacional. Los republicanos dominaban la Marina (tras la defenestración de los oficiales) y la
aviación, y el ejército de tierra estaba más dividido aunque la parte más profesional estaba
con los sublevados.
Además el ejército republicano era menos homogéneo (mezcla de profesionales con
miembros de la izquierda y los sindicatos armados, algo que constituyó la primera gran
diferencia en el seno del Frente Popular) e, incluso, con objetivos distintos: los comunistas
querían ganar la Guerra mientras que los anarquistas deseaban hacer la revolución al mismo
tiempo. El ejército sublevado tenía un líder indiscutible, Franco, y no había diferencias de
criterio a la hora de actuar. Se trataba únicamente de ganar la Guerra.
Antonio Moreno Juste divide en cuatro grandes períodos la evolución militar de la Guerra
Civil:
Del paso del Estrecho a la batalla de Madrid: julio 1936-primavera de 1937:
Es la fase en la que los sublevados consiguen dominar la mitad del país: el paso del ejército
africano a la Península, logrado con la ayuda alemana e italiana, permite conquistar gran
parte de Andalucía y Extremadura por la débil resistencia ofrecida de las mal organizadas
milicias populares. Queipo de Llano había logrado previamente el dominio en el Suroeste y
Mola en una parte del Norte (menos Vizcaya, Santander y Asturias) . A destacar la toma en
septiembre del 36 de San Sebastián e Irún que impedirá la entrada de suministros para los
republicanos a través de esa zona de la frontera francesa. En ese mismo mes de septiembre
se libera el Alcázar de Toledo , elemento de gran valor psicológico para las tropas nacionales.
Por el contrario las columnas que convergían hacia Madrid desde el sur y norte fracasan en
su intento de tomar la capital entre el otoño y la primavera de 1936-37. Inicialmente se
produjo un ataque frontal y luego batallas sangrientas de cerco: carretera de La Coruña
(diciembre36-enero37) Jarama (febrero 37) y Guadalajara (marzo 37). En estos choques la
participación internacional es muy importante: llegada de asesores soviéticos e intervención
de las Brigadas internacionales, participación de las CTV ( Corpo di truppe voluntarie).
También es el momento de la organización del Ejército Popular de la República, la formación
de una línea de frente que se mantendría en Madrid hasta el final de la Guerra. En esta
misma fase destaca la toma de Málaga en la que también intervinieron tropas italianas.
Se puede decir que es la fase de la transformación de un pronunciamiento en una guerra
civil larga en la que el ejército republicano resiste como puede. Aparece mucho material
armamentístico moderno exterior y combatientes extranjeros que ayudaron a la crudeza y la
duración del conflicto y se pasa de una guerra de movimientos a otra de posiciones con
pequeños avances estratégicos y duras pérdidas humanas.
De la batalla del Norte a la batalla de Teruel: primavera del 37-primavera del 38:
Desplazamiento hacia el norte de las operaciones para hacerse con el potencial económico
de la zona al romper el cinturón de fortificaciones en torno a Bilbao y la toma de sus
industrias intactas. Agosto es la caída de Santander y septiembre y octubre los del fin de Asturias. A destacar previamente el elemento simbólico de la destrucción de la villa de
Guernica por la aviación alemana e italiana el 26 de abril de 1937.
Los republicanos intentarán a lo largo de este período aliviar la situación con las batallas de
Belchite (Teruel) y Brunete (Madrid) Se produce, además, una batalla en condiciones
meteorológicas extremas en el Bajo Aragón donde los republicanos tomaron y después
perdieron Teruel.
A destacar en este momento el poder aéreo y artillero nacional para entender la conquista
del Norte y el vuelco en la guerra marina donde también se imponen los nacionales gracias al
apoyo de unidades italianas y alemanas y a la actitud del Comité para la no intervención.
Batalla del Ebro: abril-diciembre 1938:
Fase crítica de la guerra producida por la llegada de los nacionales a Vinaroz (Castellón)
cortando en dos , Cataluña y Valencia, la zona mediterránea republicana. La ofensiva del
Ebro significa la voluntad de resistir y, de hecho, esta batalla es la más cruenta de la guerra:
60.000 bajas en cada bando. Inicialmente se producen importantes éxitos republicanos que
son frenados por la posterior contraofensiva que llegó a liquidar las cabezas de puente del
ejército republicano que se bate a la defensiva hasta abandonar sus posiciones en la zona
occidental lo que propicia el ataque a Cataluña con gran superioridad de hombres y
materiales de las tropas sublevadas: aunque a la República le quedaban 48 divisiones (ocho
menos que a Franco) la suerte de la guerra estaba echada si se tiene en cuenta además, la
desaparición del apoyo soviético y el fracaso de la estrategia de esperar que estallara una
guerra en Europa tras la Conferencia de Munich.
Batalla de Cataluña y fin de la guerra: diciembre de 1938-marzo 1939:
Barcelona cae el 26 de enero tras la débil resistencia republicana con el que se inicia el exilio
de 500.000 personas, entre ellas Manuel Azaña el presidente de la República. En Madrid un
sector no comunista de la Junta de Defensa toma el control bajo el mando del comandante
Segismundo Casado que intenta, en contra de la opinión del presidente del gobierno Negrín,
establecer una paz de reconciliación con Franco algo que éste rechaza pues exige una
rendición sin condiciones entrando sus tropas el 28 de marzo en la capital y firmándose el 1
de abril el último parte de guerra. Era el final de la guerra de desgaste impuesta por Franco
en la que los republicanos apenas habían podido realizar operaciones de distracción para
prolongar el conflicto: el contraste entre un ejército en constante reorganización y medios
insuficientes frente a la eficacia de la ayuda alemana e italiana a Franco que además tenía
unas buenas fuerzas de choque es uno de los resúmenes de un conflicto que, sin la
presencia de apoyos extranjeros (sobre todo por su regularidad en el bando nacional, nunca
hubiera podido alcanzar en ambas zonas las dimensiones que tuvo.
entre los generales golpistas había numerosas interpretaciones desde la reinstauración
monárquica (Sanjurjo) hasta la república autoritaria (Mola) pero no tanto la dictadura fascista
que, poco a poco, se fue abriendo paso.
Igualmente la República, como se ve en las dudas iniciales en la entrega de armas a los
sindicatos, era un bloque inicialmente homogéneo sino muy dispar entre los partidarios del
parlamentarismo clásico y los más revolucionarios.
La mayor unidad de los rebeldes y las peleas continuas, más o menos soterradas, en el
bando republicano explican en parte la derrota que también tiene razones militares al ser el
ejército de Marruecos el más preparado para el combate y sus jefes los más convencidos de
la victoria final. Vendría entonces una Dictadura destinada a durar suficientes años como
para evitar la vuelta al punto de partida económico y social y a tapar las responsabilidades
penales del bando vencedor
Conspiraciones del ejército existían desde tiempo atrás pero ahora habrá un grupo
notoriamente radicalizado por lo que ellos entendían como degradación de la autoridad y la
agitación continuada en las calles.
El primer paso se da el 8 de marzo del 36 en una reunión en la que entre otros jefes militares
estaban Franco, Mola y Varela donde se decide que el alzamiento no será en nombre de la
República ni de la Monarquía sino en el de España.
Preparados para el 20 de abril tuvieron que aplazar su conspiración por el conocimiento que
el gobierno tenía de ella en unos momentos en los que las propias juventudes de algunos
partidos del Frente Popular (Izquierda Republicana y Unión Republicana) coincidían en la
insostenibilidad de una situación en la que los propios largocaballeristas arremetían contra
Indalecio Prieto.
Casares Quiroga recibe una carta de Franco, que seguía conspirando, donde se le avisa de
la situación que también conocen personas tan dispares como José Antonio Primo de Rivera
o algunos políticos del Frente Popular. Mola, el director, fijará la fecha para mediados de julio
y será la muerte de Calvo-Sotelo el origen último de la sublevación que comenzaría el día 17
en Africa.
La Guerra civil española comienza con un golpe de estado fracasado. Triunfa en zonas
donde la derecha era tradicionalmente fuerte (Castilla-León, Navarra, Baleares), en lugares
donde los generales son más decididos (Zaragoza, Sevilla, Granada) y muy importante en el
Marruecos español. Pero fracasa en sitios bastante destacados: Madrid, lugar donde
estaban las reservas de oro del Banco de España; P. Vasco, Cataluña, Cantabria y Asturias
(salvo Oviedo) sedes industriales españolas y en todo el Este peninsular.
En términos humanos hablamos de 14 y 11 millones respectivamente en zona republicana y
nacional. Los republicanos dominaban la Marina (tras la defenestración de los oficiales) y la
aviación, y el ejército de tierra estaba más dividido aunque la parte más profesional estaba
con los sublevados.
Además el ejército republicano era menos homogéneo (mezcla de profesionales con
miembros de la izquierda y los sindicatos armados, algo que constituyó la primera gran
diferencia en el seno del Frente Popular) e, incluso, con objetivos distintos: los comunistas
querían ganar la Guerra mientras que los anarquistas deseaban hacer la revolución al mismo
tiempo. El ejército sublevado tenía un líder indiscutible, Franco, y no había diferencias de
criterio a la hora de actuar. Se trataba únicamente de ganar la Guerra.
Antonio Moreno Juste divide en cuatro grandes períodos la evolución militar de la Guerra
Civil:
Del paso del Estrecho a la batalla de Madrid: julio 1936-primavera de 1937:
Es la fase en la que los sublevados consiguen dominar la mitad del país: el paso del ejército
africano a la Península, logrado con la ayuda alemana e italiana, permite conquistar gran
parte de Andalucía y Extremadura por la débil resistencia ofrecida de las mal organizadas
milicias populares. Queipo de Llano había logrado previamente el dominio en el Suroeste y
Mola en una parte del Norte (menos Vizcaya, Santander y Asturias) . A destacar la toma en
septiembre del 36 de San Sebastián e Irún que impedirá la entrada de suministros para los
republicanos a través de esa zona de la frontera francesa. En ese mismo mes de septiembre
se libera el Alcázar de Toledo , elemento de gran valor psicológico para las tropas nacionales.
Por el contrario las columnas que convergían hacia Madrid desde el sur y norte fracasan en
su intento de tomar la capital entre el otoño y la primavera de 1936-37. Inicialmente se
produjo un ataque frontal y luego batallas sangrientas de cerco: carretera de La Coruña
(diciembre36-enero37) Jarama (febrero 37) y Guadalajara (marzo 37). En estos choques la
participación internacional es muy importante: llegada de asesores soviéticos e intervención
de las Brigadas internacionales, participación de las CTV ( Corpo di truppe voluntarie).
También es el momento de la organización del Ejército Popular de la República, la formación
de una línea de frente que se mantendría en Madrid hasta el final de la Guerra. En esta
misma fase destaca la toma de Málaga en la que también intervinieron tropas italianas.
Se puede decir que es la fase de la transformación de un pronunciamiento en una guerra
civil larga en la que el ejército republicano resiste como puede. Aparece mucho material
armamentístico moderno exterior y combatientes extranjeros que ayudaron a la crudeza y la
duración del conflicto y se pasa de una guerra de movimientos a otra de posiciones con
pequeños avances estratégicos y duras pérdidas humanas.
De la batalla del Norte a la batalla de Teruel: primavera del 37-primavera del 38:
Desplazamiento hacia el norte de las operaciones para hacerse con el potencial económico
de la zona al romper el cinturón de fortificaciones en torno a Bilbao y la toma de sus
industrias intactas. Agosto es la caída de Santander y septiembre y octubre los del fin de Asturias. A destacar previamente el elemento simbólico de la destrucción de la villa de
Guernica por la aviación alemana e italiana el 26 de abril de 1937.
Los republicanos intentarán a lo largo de este período aliviar la situación con las batallas de
Belchite (Teruel) y Brunete (Madrid) Se produce, además, una batalla en condiciones
meteorológicas extremas en el Bajo Aragón donde los republicanos tomaron y después
perdieron Teruel.
A destacar en este momento el poder aéreo y artillero nacional para entender la conquista
del Norte y el vuelco en la guerra marina donde también se imponen los nacionales gracias al
apoyo de unidades italianas y alemanas y a la actitud del Comité para la no intervención.
Batalla del Ebro: abril-diciembre 1938:
Fase crítica de la guerra producida por la llegada de los nacionales a Vinaroz (Castellón)
cortando en dos , Cataluña y Valencia, la zona mediterránea republicana. La ofensiva del
Ebro significa la voluntad de resistir y, de hecho, esta batalla es la más cruenta de la guerra:
60.000 bajas en cada bando. Inicialmente se producen importantes éxitos republicanos que
son frenados por la posterior contraofensiva que llegó a liquidar las cabezas de puente del
ejército republicano que se bate a la defensiva hasta abandonar sus posiciones en la zona
occidental lo que propicia el ataque a Cataluña con gran superioridad de hombres y
materiales de las tropas sublevadas: aunque a la República le quedaban 48 divisiones (ocho
menos que a Franco) la suerte de la guerra estaba echada si se tiene en cuenta además, la
desaparición del apoyo soviético y el fracaso de la estrategia de esperar que estallara una
guerra en Europa tras la Conferencia de Munich.
Batalla de Cataluña y fin de la guerra: diciembre de 1938-marzo 1939:
Barcelona cae el 26 de enero tras la débil resistencia republicana con el que se inicia el exilio
de 500.000 personas, entre ellas Manuel Azaña el presidente de la República. En Madrid un
sector no comunista de la Junta de Defensa toma el control bajo el mando del comandante
Segismundo Casado que intenta, en contra de la opinión del presidente del gobierno Negrín,
establecer una paz de reconciliación con Franco algo que éste rechaza pues exige una
rendición sin condiciones entrando sus tropas el 28 de marzo en la capital y firmándose el 1
de abril el último parte de guerra. Era el final de la guerra de desgaste impuesta por Franco
en la que los republicanos apenas habían podido realizar operaciones de distracción para
prolongar el conflicto: el contraste entre un ejército en constante reorganización y medios
insuficientes frente a la eficacia de la ayuda alemana e italiana a Franco que además tenía
unas buenas fuerzas de choque es uno de los resúmenes de un conflicto que, sin la
presencia de apoyos extranjeros (sobre todo por su regularidad en el bando nacional, nunca
hubiera podido alcanzar en ambas zonas las dimensiones que tuvo.
14.4. La Segunda República: el bienio radical-cedista. La Revolución de 1934. Las elecciones de 1936 y el Frente Popular.
Impresionados por la obra reformista del primer bienio, el segundo parece tener menos
presencia cuando se habla de la República a pesar de haber sido más duradero que el
anterior.
En él se dan hechos destinados a tener su trascendencia como la suspensión del estatuto
catalán o el pago a los sacerdotes rurales.
Sin embargo el hecho más relevante del sexenio se producirá, en el año 34 cuando se
produzca el intento revolucionario más importante de la época que tendría gran influencia
ideológica en el inmediato futuro.
Finalmente la República acaba con las elecciones generales ganadas en escaños por la
izquierda y la gran división del país que se acabaría traduciendo en una cruenta guerra civil
entre los partidarios de una España más tradicional y aquellos otros más relacionados con
las reformas e incluso con la revolución.
Impresionados por la obra reformista del primer bienio, este segundo parece tener menos
presencia cuando se habla de la República a pesar de haber sido más duradero que el
anterior.
En él se dan hechos destinados a tener su trascendencia como la suspensión del estatuto
catalán o el pago a los sacerdotes rurales.
Sin embargo el hecho más relevante del sexenio se producirá, en el año 34 cuando se
produzca el intento revolucionario más importante de la época que tendría gran influencia
ideológica en el inmediato futuro.
A comienzos de 1933 Lerroux da por terminada la etapa entre ambigüa y oportunista que
había mantenido desde las elecciones del año 31. Comenzó una búsqueda del poder político
en la que va a tener la ayuda de una parte del Partido Radical Socialista (la dirigida por
Gordón Ordás) en su idea de que los socialistas abandonaran el gobierno.
El inicio se corresponde con unas elecciones municipales en poblaciones rurales que aún no
tenían corporaciones elegidas cuyo resultado fue bastante desfavorable para la coalición
gubernamental (Azaña los llamó despectivamente “burgos podridos” aludiendo a su
condición de pequeños lugares conservadores) justo lo contrario de lo que ocurrió con el
Partido Radical. De ahí se derivó una acusación permanente de seguir gobernando sin
confianza el país.
Alcalá-Zamora que también estaba en contra del gobierno por su orientación en materia
religiosa, presionó como presidente de la República a Azaña para que remodelara el
gobierno, cosa que éste hizo aunque sin expulsar a los socialistas.
Algo más tarde y tras un nuevo fracaso electoral (la renovación de los vocales regionales del
Tribunal de Garantías Constitucionales) Azaña fue definitivamente sustituido en septiembre
del 33 dando paso a un gobierno de concentración republicana presidido por Lerroux que
pronto fue desalojado por una moción de censura a la que siguió el gobierno de otro radical,
Martinez Barrio, que da paso a la disolución de las Cortes y la convocatoria de nuevas
elecciones.
A éstas los distintos partidos acuden de forma diferente: las derechas formando parte de una
coalición Unión de Derechas en la que iban juntos los partidos monárquicos tradicionales
(Renovación Española, Tradicionalistas y Partido Agrario) y la nueva organización de
derechas posibilista denominada CEDA y liderada por José María Gil-Robles; los socialistas
en solitario y el Partido Radical empeñado en mostrar su carácter centrista en varias
coaliciones desde los azañistas hasta los agrarios de derechas. A destacar el voto femenino
por primera vez en la historia del país y la abstención preconizada por el anarcosindicalismo
muy importante en algunas zonas de España.
Las elecciones de 1933 fueron ganadas por la CEDA (Confederación Española de Derechas
Autónomas) de Gil-Robles con 115 escaños y los radicales de Lerroux con 109 sumando
ambos casi la mitad de la cámara mientras Azaña se quedaba con 5 diputados y el PSOE
60.
Tras las elecciones se formaría un gabinete del Partido Radical apoyado por la CEDA que
procedería a desmontar parte de lo aprobado por los anteriores gobiernos republicanos
además de amnistiar a los participantes en el golpe de estado del 32
Así, por ejemplo, y en contra de la Constitución se aprobó el mantenimiento de los haberes
del clero en zonas rurales, se bloqueó la Reforma Agraria al exigirse indemnizaciones mucho
mayores para los expropiados al mismo tiempo que se recortaba el presupuesto para
asentamientos; se derogaba la Ley de Términos Municipales establecida para impedir que
jornaleros de otras partes pudieran con las huelgas convocadas en un sitio concreto.
Finalmente se paralizaba la construcción de nuevas escuelas públicas en todo el país.
Sin embargo el punto clave de este bienio se produce cuando en octubre del 34 hay tres
nuevos ministros de la CEDA, acción que fue respondida por la izquierda con la huelga
general. La razón para ello hay que buscarla, además de en lo ya realizado por radicales y
cedistas, en el ambiente europeo donde tanto Hitler como Döllfuss había accedido
democráticamente al poder siendo como eran movimientos fascistas (y que habían
perseguido, por ejemplo, a socialistas de sus países) a los que ahora se asimila a la CEDA.
La huelga anunciada es dirigida por los socialistas de la UGT que confiaban en paralizar
puntos tan importantes como Madrid, Vizcaya o Barcelona aunque sólo triunfa claramente en
Asturias donde los anarquistas se habían unido a la misma para organizar una nueva
organización colectiva: UHP (Uníos Hermanos Proletarios).
Allí se acabó enseguida con la resistencia de la Guardia Civil tras lo cual importantes
depósitos de armas pasaron a su poder. Es el momento en el cual la República llama en su
ayuda a las tropas africanas que, dirigidas por Franco y López-Ochoa, acabaron con la
rebelión resultando muertos más de 1000 civiles.
En Cataluña, como ya se ha dicho, la revolución fue muy importante pues a los obreros
socialistas y anarquistas se unió la propia Generalitat presidida por Companys que proclamó
el Estat Catalá independiente del español, algo que sólo duró medio día ya que rápidamente
el ejército estableció la legalidad republicana. En el posterior juicio Companys fue condenado
a 30 años de cárcel y el estatuto suspendido temporalmente.
Esta revolución frustrada radicalizaría a izquierdas y derechas. A unos por el deseo de ver
liberados a los procesados y por no haber visto cumplidos sus objetivos; a los otros por
haber conocido lo que podía ocurrir si la izquierda volvía al poder: de hecho la revolución de
octubre será uno de los pretextos para el golpe de estado de julio del 36 al haberse
establecido ahora un precedente de legitimación moral para una revolución o un golpe de
estado contra una mayoría democráticamente elegida.
Será, sin embargo, la crisis que sufre el Partido Radical la que precipita los acontecimientos
al verse salpicados sus personajes más importantes por escándalos de corrupción como el
estraperlo (sobornos para introducir un juego nuevo así llamado por sus inventores) o el caso
Nombela (malversación de fondos) lo que precipita las elecciones del 36.
Con la disolución de las segundas cortes republicanas se decretó que las elecciones se
celebrarían en febrero de 1936. Las declaraciones públicas antes de esa fecha fueron
subiendo de tono tal el caso de Francisco Largo Caballero (“Antes de la República nuestro deber era traer la República; pero establecido este régimen…nuestro deber es traer el
socialismo…revolucionario”).
El 15 de enero salió a la luz pública el Manifiesto del Frente Popular: amnistía para los
detenidos por la revolución de octubre del 34 y apoyo a la Constitución son dos de sus
elementos más destacados. Lo firmaban dos líneas: una marxista y otra relacionada con la
izquierda burguesa republicana, algo nunca esperado por la derecha republicana
Se contaba, además, con el apoyo de los anarquistas que deseaban sacar de la cárcel a
numerosos compañeros.
Mientras la derecha se presenta desunida a pesar de ciertos pactos locales que pudieron
hacerse entre monárquicos y cedistas para votar a un solo candidato. Incluso se dio el caso
de que la derecha apareciera unida a los radicales. Falange Española acudió en solitario.
Con todo esto, y las declaraciones subsiguientes que eran cada vez más tajantes, se
constató la división sociopolítica del país, algo para lo que se buscó remedio con un partido
de centro liderado por Manuel Portela Valladares.
Votó el 72% del censo y se produjo un importante empate a votos, Frente Popular 34,3% de
los votos; derechas coaligadas con centro 33,2 %, pero una gran diferencia en el número de
actas: 142 para la derecha (CEDA 96), 266 para la izquierda (PSOE:87; Izquierda
Republicana: 81) y 65 para el centro (25 para Portela y sólo 8 para los radicales). Azaña se
hizo inmediatamente con la presidencia del Consejo de Ministros ante la dimisión de Portela
en un gesto que para algunos significaba lo mejor que podía pasar mientras otros lo
calificaban como acto de revancha política.
Inmediatamente se decretó una amnistía para los condenados por la revolución del 34 así
como se devolvió a Cataluña su Estatuto. Además se procedió a la destitución de Alcalá-
Zamora, el presidente de la República, conservador y católico, y su reemplazo por Azaña,
maniobra que no acabaría de salir bien a la postre pues se sacó de un primer plano ejecutivo
a uno de los republicanos más capaces que debió ser sustituido por alguien de su confianza
aunque mucho menos preparado para lo que venía: Santiago Casares Quiroga un militante
de la galleguista ORGA.
En los pocos meses de vida democrática la coalición tuvo que enfrentarse a una gran
escalada verbal (incluso en el propio parlamento), a multitud de huelgas y otros problemas
tan graves como las quemas de iglesias y, sobre todo, al asesinato político como hecho
cotidiano (más de 100 en 4 meses).
Un ejemplo del clima existente es la “historia de los caramelos envenenados” que,
supuestamente unas malvadas damas catequistas distribuyeron a los niños obreros. El bulo
produjo el asalto a monjas y a ciertas mujeres bien vestidas que circulaban por Madrid
además de un número de incendios a iglesias y conventos
Por otra parte, y a pesar de acelerar la Reforma Agraria ( 500.000 ha/150.000 campesinos)
ésta apenas hizo algo más que legitimar las ocupaciones ya que, de hecho se iban
practicando por una izquierda muy radicalizada a la que correspondía una derecha ya
preparada para volver al poder mediante un golpe militar.
presencia cuando se habla de la República a pesar de haber sido más duradero que el
anterior.
En él se dan hechos destinados a tener su trascendencia como la suspensión del estatuto
catalán o el pago a los sacerdotes rurales.
Sin embargo el hecho más relevante del sexenio se producirá, en el año 34 cuando se
produzca el intento revolucionario más importante de la época que tendría gran influencia
ideológica en el inmediato futuro.
Finalmente la República acaba con las elecciones generales ganadas en escaños por la
izquierda y la gran división del país que se acabaría traduciendo en una cruenta guerra civil
entre los partidarios de una España más tradicional y aquellos otros más relacionados con
las reformas e incluso con la revolución.
Impresionados por la obra reformista del primer bienio, este segundo parece tener menos
presencia cuando se habla de la República a pesar de haber sido más duradero que el
anterior.
En él se dan hechos destinados a tener su trascendencia como la suspensión del estatuto
catalán o el pago a los sacerdotes rurales.
Sin embargo el hecho más relevante del sexenio se producirá, en el año 34 cuando se
produzca el intento revolucionario más importante de la época que tendría gran influencia
ideológica en el inmediato futuro.
A comienzos de 1933 Lerroux da por terminada la etapa entre ambigüa y oportunista que
había mantenido desde las elecciones del año 31. Comenzó una búsqueda del poder político
en la que va a tener la ayuda de una parte del Partido Radical Socialista (la dirigida por
Gordón Ordás) en su idea de que los socialistas abandonaran el gobierno.
El inicio se corresponde con unas elecciones municipales en poblaciones rurales que aún no
tenían corporaciones elegidas cuyo resultado fue bastante desfavorable para la coalición
gubernamental (Azaña los llamó despectivamente “burgos podridos” aludiendo a su
condición de pequeños lugares conservadores) justo lo contrario de lo que ocurrió con el
Partido Radical. De ahí se derivó una acusación permanente de seguir gobernando sin
confianza el país.
Alcalá-Zamora que también estaba en contra del gobierno por su orientación en materia
religiosa, presionó como presidente de la República a Azaña para que remodelara el
gobierno, cosa que éste hizo aunque sin expulsar a los socialistas.
Algo más tarde y tras un nuevo fracaso electoral (la renovación de los vocales regionales del
Tribunal de Garantías Constitucionales) Azaña fue definitivamente sustituido en septiembre
del 33 dando paso a un gobierno de concentración republicana presidido por Lerroux que
pronto fue desalojado por una moción de censura a la que siguió el gobierno de otro radical,
Martinez Barrio, que da paso a la disolución de las Cortes y la convocatoria de nuevas
elecciones.
A éstas los distintos partidos acuden de forma diferente: las derechas formando parte de una
coalición Unión de Derechas en la que iban juntos los partidos monárquicos tradicionales
(Renovación Española, Tradicionalistas y Partido Agrario) y la nueva organización de
derechas posibilista denominada CEDA y liderada por José María Gil-Robles; los socialistas
en solitario y el Partido Radical empeñado en mostrar su carácter centrista en varias
coaliciones desde los azañistas hasta los agrarios de derechas. A destacar el voto femenino
por primera vez en la historia del país y la abstención preconizada por el anarcosindicalismo
muy importante en algunas zonas de España.
Las elecciones de 1933 fueron ganadas por la CEDA (Confederación Española de Derechas
Autónomas) de Gil-Robles con 115 escaños y los radicales de Lerroux con 109 sumando
ambos casi la mitad de la cámara mientras Azaña se quedaba con 5 diputados y el PSOE
60.
Tras las elecciones se formaría un gabinete del Partido Radical apoyado por la CEDA que
procedería a desmontar parte de lo aprobado por los anteriores gobiernos republicanos
además de amnistiar a los participantes en el golpe de estado del 32
Así, por ejemplo, y en contra de la Constitución se aprobó el mantenimiento de los haberes
del clero en zonas rurales, se bloqueó la Reforma Agraria al exigirse indemnizaciones mucho
mayores para los expropiados al mismo tiempo que se recortaba el presupuesto para
asentamientos; se derogaba la Ley de Términos Municipales establecida para impedir que
jornaleros de otras partes pudieran con las huelgas convocadas en un sitio concreto.
Finalmente se paralizaba la construcción de nuevas escuelas públicas en todo el país.
Sin embargo el punto clave de este bienio se produce cuando en octubre del 34 hay tres
nuevos ministros de la CEDA, acción que fue respondida por la izquierda con la huelga
general. La razón para ello hay que buscarla, además de en lo ya realizado por radicales y
cedistas, en el ambiente europeo donde tanto Hitler como Döllfuss había accedido
democráticamente al poder siendo como eran movimientos fascistas (y que habían
perseguido, por ejemplo, a socialistas de sus países) a los que ahora se asimila a la CEDA.
La huelga anunciada es dirigida por los socialistas de la UGT que confiaban en paralizar
puntos tan importantes como Madrid, Vizcaya o Barcelona aunque sólo triunfa claramente en
Asturias donde los anarquistas se habían unido a la misma para organizar una nueva
organización colectiva: UHP (Uníos Hermanos Proletarios).
Allí se acabó enseguida con la resistencia de la Guardia Civil tras lo cual importantes
depósitos de armas pasaron a su poder. Es el momento en el cual la República llama en su
ayuda a las tropas africanas que, dirigidas por Franco y López-Ochoa, acabaron con la
rebelión resultando muertos más de 1000 civiles.
En Cataluña, como ya se ha dicho, la revolución fue muy importante pues a los obreros
socialistas y anarquistas se unió la propia Generalitat presidida por Companys que proclamó
el Estat Catalá independiente del español, algo que sólo duró medio día ya que rápidamente
el ejército estableció la legalidad republicana. En el posterior juicio Companys fue condenado
a 30 años de cárcel y el estatuto suspendido temporalmente.
Esta revolución frustrada radicalizaría a izquierdas y derechas. A unos por el deseo de ver
liberados a los procesados y por no haber visto cumplidos sus objetivos; a los otros por
haber conocido lo que podía ocurrir si la izquierda volvía al poder: de hecho la revolución de
octubre será uno de los pretextos para el golpe de estado de julio del 36 al haberse
establecido ahora un precedente de legitimación moral para una revolución o un golpe de
estado contra una mayoría democráticamente elegida.
Será, sin embargo, la crisis que sufre el Partido Radical la que precipita los acontecimientos
al verse salpicados sus personajes más importantes por escándalos de corrupción como el
estraperlo (sobornos para introducir un juego nuevo así llamado por sus inventores) o el caso
Nombela (malversación de fondos) lo que precipita las elecciones del 36.
Con la disolución de las segundas cortes republicanas se decretó que las elecciones se
celebrarían en febrero de 1936. Las declaraciones públicas antes de esa fecha fueron
subiendo de tono tal el caso de Francisco Largo Caballero (“Antes de la República nuestro deber era traer la República; pero establecido este régimen…nuestro deber es traer el
socialismo…revolucionario”).
El 15 de enero salió a la luz pública el Manifiesto del Frente Popular: amnistía para los
detenidos por la revolución de octubre del 34 y apoyo a la Constitución son dos de sus
elementos más destacados. Lo firmaban dos líneas: una marxista y otra relacionada con la
izquierda burguesa republicana, algo nunca esperado por la derecha republicana
Se contaba, además, con el apoyo de los anarquistas que deseaban sacar de la cárcel a
numerosos compañeros.
Mientras la derecha se presenta desunida a pesar de ciertos pactos locales que pudieron
hacerse entre monárquicos y cedistas para votar a un solo candidato. Incluso se dio el caso
de que la derecha apareciera unida a los radicales. Falange Española acudió en solitario.
Con todo esto, y las declaraciones subsiguientes que eran cada vez más tajantes, se
constató la división sociopolítica del país, algo para lo que se buscó remedio con un partido
de centro liderado por Manuel Portela Valladares.
Votó el 72% del censo y se produjo un importante empate a votos, Frente Popular 34,3% de
los votos; derechas coaligadas con centro 33,2 %, pero una gran diferencia en el número de
actas: 142 para la derecha (CEDA 96), 266 para la izquierda (PSOE:87; Izquierda
Republicana: 81) y 65 para el centro (25 para Portela y sólo 8 para los radicales). Azaña se
hizo inmediatamente con la presidencia del Consejo de Ministros ante la dimisión de Portela
en un gesto que para algunos significaba lo mejor que podía pasar mientras otros lo
calificaban como acto de revancha política.
Inmediatamente se decretó una amnistía para los condenados por la revolución del 34 así
como se devolvió a Cataluña su Estatuto. Además se procedió a la destitución de Alcalá-
Zamora, el presidente de la República, conservador y católico, y su reemplazo por Azaña,
maniobra que no acabaría de salir bien a la postre pues se sacó de un primer plano ejecutivo
a uno de los republicanos más capaces que debió ser sustituido por alguien de su confianza
aunque mucho menos preparado para lo que venía: Santiago Casares Quiroga un militante
de la galleguista ORGA.
En los pocos meses de vida democrática la coalición tuvo que enfrentarse a una gran
escalada verbal (incluso en el propio parlamento), a multitud de huelgas y otros problemas
tan graves como las quemas de iglesias y, sobre todo, al asesinato político como hecho
cotidiano (más de 100 en 4 meses).
Un ejemplo del clima existente es la “historia de los caramelos envenenados” que,
supuestamente unas malvadas damas catequistas distribuyeron a los niños obreros. El bulo
produjo el asalto a monjas y a ciertas mujeres bien vestidas que circulaban por Madrid
además de un número de incendios a iglesias y conventos
Por otra parte, y a pesar de acelerar la Reforma Agraria ( 500.000 ha/150.000 campesinos)
ésta apenas hizo algo más que legitimar las ocupaciones ya que, de hecho se iban
practicando por una izquierda muy radicalizada a la que correspondía una derecha ya
preparada para volver al poder mediante un golpe militar.
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