domingo, 28 de febrero de 2010

13.3. Transformaciones culturales. Cambio en las mentalidades. La educación y la prensa

La Restauración fue una época peculiar en la historia de España. «Una época –en palabras de
José Luis Comellas- que unos califican de ramplona y otros de encantadora; feliz y despreocupada,
con un cierto aire dorado de apacible remanso –cuántas veces se ha hablado del “remanso de la Restauración”-,
en estridente contrate con las épocas que precedieron y que siguieron». Un periodo de
estabilidad social y de bonanza económica desconocido en el siglo XIX. El tipismo domina el paisaje
social; las muestras de gusto popular alcanzan a todas las clases sociales y los espectáculos populares,
los toros y la zarzuela, son seguidos por toda clase de espectadores.
No obstante su carácter festivo y popular, la Restauración no fue una época igualitaria. La sociedad
española seguía mostrando profundas diferencias socioeconómicas que se agrandaban al paso
de la Revolución Industrial y del auge urbano. La estructura impositiva que determinaba el pago
del impuesto directo personal (las cédulas) señalaba un amplio espectro de situaciones, alcanzado
una clasificación en once escalones. Sin embargo, esta dispar situación fiscal puede agruparse en una
estructura ternaria tradicional en cuanto a la clasificación social: las clases alta, media y popular. En
lo más alto de la pirámide se encontraba unas 120.000 personas (aproximadamente el 1% de la población
censada en 1890), cuyos ingresos superaban las 1.250 pesetas anuales, rebasando 25.000 de ellas
las 3.500 pesetas que suponían el máximo de la escala fiscal. Este primer conjunto agrupaba las primeras
8 categorías fiscales.
Las clases medias –categorías 9ª y 10ª de la escala fiscal, con ingresos entre las 750 y 2.500 pesetas
anuales- representaban un 17,7% del conjunto de la población.
Las clases populares ocupaban la última categoría fiscal, agrupando a jornaleros, sirvientes y
asimilados. Constituían el 70% del conjunto de los contribuyentes y aproximadamente correspondía
al 40% de la población.
Fuera de la escala impositiva quedaba un 41,5% de la población mayor de 14 años. Este grupo
social marca no sólo el límite de la miseria, sino sobre todo el grado de integración en la estructura
política, pues las cédulas fiscales son antes identificadores del control gubernativo más que del fiscal.
La distribución geográfica de las distintas categorías de cédulas permite conocer algo más la estructura
social española: la mayor parte de las cédulas de categoría superior se agrupan en sólo cinco
ciudades (Madrid, Barcelona, Sevilla, Valencia y Cádiz), con un 57% de los privilegiados. De igual
modo, la presencia de poseedores de cédulas marca una división norte-sur en España, pues es abrumador
el predominio de las tierras meridionales de personas ajenas al sistema fiscal.
El ennoblecimiento fue otro de los signos de los tiempos. Numerosas personas, vinculadas a los
escalones más elevados de la escala social, acceden al título nobiliario como manifestación de agradecimiento
de la Corona por los servicios prestados. Un ennoblecimiento que lleva aparejados beneficios
políticos, pues es vía indirecta de acceso al Senado (donde los Grandes de España tienen
derecho a escaño), así como es adorno preferente a la hora de ocupar cargos diplomáticos, altas jefaturas
militares o cátedras universitarias.
Además del título nobiliario, la pertenencia al clero o a la milicia –como oficial- sitúa a estas personas
en una posición de preponderancia social. Otro tanto ocurre con los títulos universitarios,
muy minoritarios y que otorgan un inmediato prestigio social, sobre todo las licenciaturas en Derecho,
Medicina, Arquitectura o Ingeniería, en ese orden. Por último, profesionales liberales y funcionarios
del Estado van logrando progresivamente un mayor grado de reconocimiento social.
Tres grandes corrientes intelectuales dominarán el paisaje ideológico de la Restauración: el
krausismo, el positivismo y el neotomismo. Las dos primeras tienden a acercarse en sus posiciones,
toda vez que el idealismo krausista que dominó el periodo revolucionario del Sexenio dará pasó a
una concepción más realista que abarca desde la política a la educación. El positivismo y el krausismo
se fundirán en lo que algunos autores han denominado krausopositivismo y que se plasmará claramente
en el pensamiento de los fundadores de la Institución Libre de Enseñanza.
Frente al espíritu positivista, impulsado por los grandes debates científicos del fin de siglo, animado
especialmente por el influjo del evolucionismo, se alzará el pensamiento católico. Un pensamiento
no homogéneo, que bascula entre posiciones tradicionales y el neotomismo. Figura señera
de esta concepción será Menéndez Pelayo, antagonista decidido de la crítica krausista a la imposibilidad
de la ciencia española bajo los presupuestos tradicionales. Las posturas católicas tampoco son
homogéneas frente al empuje del evolucionismo, basculando desde la crítica cerrada, sin atender al
detalle científico, hasta los intentos de conciliación de las posiciones eclesiásticas con los presupuestos
darvinistas; en una posición intermedia se sitúan quienes desde posiciones católicas cultas, rechazan
de manera argumentada las tesis de Darwin y sus seguidores. Entre estos últimos autores
podemos destacar la crítica que del evolucionismo hace la condesa de Pardo Bazán desde las páginas
de la Ciencia Cristiana.
Sin embargo, no todo son discrepancias en el panorama intelectual de la Restauración. Más allá
de las disputas entre krausistas y católicos, el profesor Gil Cremades ha destacado la profunda convergencia
existente en el terreno de la filosofía del Derecho y sus derivaciones políticas, siendo el organicismo
el denominador común entre las concepciones krausistas, historicistas o neotomistas. Sería
esta compartida convicción sobre el carácter orgánico del cuerpo social la que ayudaría a explicar

la buena salud del sistema político. Esta postura común se hallaría detrás de la progresiva tendencia
a impulsar un Estado protector que se manifiesta en la última década del siglo XIX.
Por lo que respecta a la educación, la Restauración verá algunos de los más decididos intentos
por transformar la concepción de la misma en España. El marco general continuará siendo la Ley
Moyano de 1857. El principio de Libertad de Cátedra, así como la defensa de la libre iniciativa de
creación de centros que marcó la obra del Sexenio, lo heredará de manera desigual el régimen de
1876. Si bien la defensa de la libertad de creación de centros continuará –y al amparo de ella se fundará
la Institución Libre de Enseñanza en 1876-, la libertad de cátedra se verá cuestionada por el decreto
Orovio, que cuestionaba la ortodoxia moral y los contenidos de la enseñanza universitaria. La
segunda cuestión universitaria dominará la política universitaria hasta mediados de la década de los
ochenta.
Sin embargo, la Universidad española de finales del siglo XIX se halla estancada, y aunque satisface
cómodamente las exigencias sociales y políticas del periodo no es, de ningún modo, una institución
de investigación.
Más allá de la formación universitaria, la escuela española del periodo finisecular va a verse impulsada
al calor de la disputa entre católicos y krausistas. Según Cossío, en 1885 apenas el 50% de los
niños españoles recibían algún tipo de formación escolar (59% de los niños y 48% de las niñas). La
escuela se convertirá en una preocupación fundamental sobre todo a partir del ministerio de Albareda
en Fomento (1881-1882), que recogerá buena parte de las demandas del Congreso Pedagógico.
Por su parte, tanto los grupos interesados en reducir la influencia de la Iglesia en la sociedad española
como aquellos empeñados en sostenerla, disputarán agriamente por el control de la escuela.
Una escuela que depende de los ayuntamientos –lo que no garantizaba a los maestros una retribución
digna y segura (un maestro en Madrid alcanzaba las 2.500 pesetas anuales, pero había 20.000
maestros que no llegaban a las 1.000 pts. e, incluso 2.000 no alcanzaban las 250 pesetas)- y en el que
el peso del Estado es mayor que en la enseñanza secundaria. La Iglesia desempeñaba un papel secundario
en la enseñanza primaria pública (apenas 276 escuelas, que contrastan con las 687 de carácter
privado).
La defensa de la libertad de creación de centros, así como la escasez del número de Institutos
públicos, hará de los colegios de secundaria el meollo de la participación privada en la educación. La
Iglesia contaba con un elevado número de centros, pero también existían numerosos colegios seglares
o laicos que compartían con aquellos el carácter de colegiados (incorporados a un Instituto). Los
alumnos, que en 1876 se distribuían a mitades entre Institutos provinciales y colegios incorporados,
progresivamente se orientarán hacia estos últimos, superando en un 50% el número de alumnos de
los Institutos en 1900. Entre los centros no religiosos destaca, por su influencia en la política educativa
del siglo xx, la Institución Libre de Enseñanza, un elitista colegio fundado por algunos de los
profesores expulsados de la Universidad por el decreto Orovio, y que intentó poner en práctica una
enseñanza basada en los principios krausistas de su impulsor, Giner de los Ríos.
La enseñanza era cara (370 pts. costaba lograr el título de Bachiller en 1895), lo que ponía la enseñaza
secundaria sólo al alcance de la clase media (los obreros sólo disponían de la enseñanza primaria).
Únicamente los varones podían acceder al Instituto, pues hasta el curso 1910/1911 no empezó
a funcionar un Instituto femenino en Barcelona.
Fuera del ámbito reglado encontramos una amplia oferta de educación orientada hacia la clase
obrera y significada por su fuerte contenido ideológico. Ateneos republicanos, escuelas libertarias,
círculos católicos de obreros o escuelas en las casas del pueblo socialista, disputan encarnizadamente
por atraerse al pueblo a sus respectivos centros de instrucción, propaganda y recreo. Al amparo
de la ley de Asociaciones de 1887, y al margen de sus diferencias ideológicas, este tipo de instituciones
ofrecían un tipo de servicios semejantes: bibliotecas, salas de lecturas, exposición de periódicos,
veladas literarias, conferencias, comparten espacio con el café y los juegos, aspirando a convertirse
en un espacio de convivencia y de difusión cultural abierto a amplios sectores de la población.

No hay comentarios:

Publicar un comentario